Número 2, Publicaciones

Trauma y Suicidio: un recorrido posible

Leticia M. Eusebi,  l.eusebi@hotmail.com

  • Cursando Doctorado en Psicología, U.N.R, Facultad de Psicología.

Resumen

El tema del presente artículo consiste en analizar, desde un marco conceptual psicoanalítico, las relaciones entre trauma y suicidio. Desde Freud hasta la actualidad las teorizaciones e investigaciones realizadas por psicoanalistas con respecto al trauma, están marcadas por la tensión entre considerar el origen del trauma como un acontecimiento exterior o como un producto del fantasma. Dicha tensión lleva a una pregunta fundamental por el tipo de vínculo que se establece entre lo traumático y lo real.

Por otro lado, en el artículo se explora específicamente qué resulta de un trauma que ha no sido metabolizado, que quedó encarnado en un sujeto sin posibilidad de tramitación. En el extremo, ese estado genera un malestar sobrante que se cristaliza, generando arrasamientos subjetivos que se traducen en estados de vulnerabilidad. La hipótesis que se esgrime es que el suicidio aparece como una opción aliviadora frente al malestar reinante.

Palabras clave: Trauma- suicidio- Psicoanálisis

Trauma and Suicide: A posible framework

Abstract

The subjet of the current article consist in analyse, from a psychoanalical perspective, the link between trauma and suicide. From Freud to the present, the theorizations and research conducted by psychoanalysts regarding trauma, are marked by tension between considering the origin of the trauma as an external event or as a product of the phantom. This tension lead to a fundamental question about the type of link established between the traumatic and the real.

The article also explores specifically what results from a trauma that hasn’t been metabolized, a trauma that has been embodied in a subject and that cannot be processed. Taken to extremes, this state generates severe discomfort which is crystallized, causing subjective destructions that are translated as stated of vulnerability. The hypothesis put forward is that suicide appears as a relieving option against prevailing malaise.

Keywords: Trauma- suicide- Psychoanalysis

Introducción

El recorrido de este artículo se establece a partir de una línea de reflexión posible extraída de una tesis de Doctorado en Psicología en curso.

La idea de trauma fue trabajada en la obra freudiana desde sus comienzos y, posteriormente, retomada y desarrollada por los seguidores de sus teorías, entre ellos, Lacan. En este artículo se trabaja lo que sucede cuando, a partir de una experiencia traumática de intensidad, lo que ha desbordado el aparato psíquico no logra ser metabolizado. De esta manera, se cristaliza, eternizándose. Los efectos en la subjetividad de lo traumático no elaborado son complejos y variados. En esta ocasión, exploraremos una posible consecuencia, la más nefasta: el acto del suicidio.

Para indagar el vínculo existente entre lo traumático y el suicidio, será imprescindible rastrear ambas categorías a partir de los aportes de Freud y de Lacan para lograr explicitarlas  y problematizarlas.

Un recorrido por el concepto de trauma

Todo parecía irreal, misterioso, como un sueño. Nos costaba creer que fuera verdad. Cuántas veces habíamos soñado con la liberación, con la vuelta al hogar, con el apretado saludo de los amigos, con el cariñoso abrazo de la esposa… Al atardecer, en nuestro barracón, un hombre le susurró a otro en tono confidencial: “Dime, ¿estuviste contento hoy?” Y el otro contestó un tanto avergonzado, porque desconocía que los demás nos sentíamos de manera parecida: “Para ser franco, no.”

  • Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido.

La viñeta corresponde a una conversación entre dos hombres recién liberados del campo de concentración de Auschwitz y pretende dar cuenta del proceso de una experiencia traumática. Se podría suponer que el alivio que conlleva haber salido de un campo de concentración con vida sería suficiente para apaciguar el infierno de haberlo vivido en carne propia. La conversación evocada hace referencia a que la tramitación de una experiencia traumática no cesa cuando la situación que la ha provocado deja de ser amenazante para el aparato psíquico, sino que da cuenta que el proceso de tramitarlas es un trabajo a realizar. No se trata aquí de una analogía, sino que realmente se esgrime como un trabajo a partir del esfuerzo psíquico y el tiempo que requiere consumar movimientos subjetivos.

Es pertinente en este punto distinguir una posible definición freudiana de trauma psíquico. En Diccionario de Psicoanálisis, se afirma:

Acontecimiento en la vida de un sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto de responder a él adecuadamente y el trastorno y los efectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica. En términos económicos, el traumatismo se caracteriza por un aflujo de excitaciones excesivo, en relación con la tolerancia del sujeto y su capacidad de controlar y elaborar dichas excitaciones. (Laplanche, 2006: 447)

Si bien el presente texto no pretende realizar un itinerario de cómo fue cambiando ésta noción en la obra freudiana, será fundamental hacer alusión a algunas referencias puntuales. Desde sus inicios, Freud y Breuer atribuyeron al trauma un valor etiológico decisivo en la clínica y teoría de la histeria. En Estudios sobre la Histeria (1895), Breuer y Freud postularon que la sexualidad era fuente de traumas psíquicos y, por consiguiente, motivo de defensa. La represión de la misma por fuera de la consciencia desempeñaba el papel cardinal en la patogenia de la histeria. Lo que se denominaba en aquella época trauma psíquico actuaba a modo de un cuerpo extraño, que continuaba ejerciendo sobre el organismo una acción eficaz y presente,  independientemente del tiempo que haya transcurrido desde su penetración en él.

En este texto Freud afirma que el histérico padece de reminiscencias y por tanto, la forma de afrontar el trauma psíquico era a través del método catártico. Dicho método consistía en despertar con claridad el recuerdo del proceso provocador, y con él el afecto concomitante. El paciente describía con el mayor detalle posible ese proceso, dando expresión verbal al afecto. Este proceso de descarga también se conoce con el nombre de abreacción e implica el medio por el cual el individuo se libra del afecto ligado al recuerdo del acontecimiento traumático, lo que evita que éste se convierta en patógeno o siga siéndolo. La abreacción puede ser provocada en el curso de la psicoterapia, especialmente bajo hipnosis, dando lugar a una catarsis.

En 1914, en un texto freudiano llamado Recuerdo, repetición y elaboración, se esgrime un giro sustancial en relación al estudio de las neurosis. La técnica psicoanalítica de esa época consistía en utilizar la interpretación para descubrir las resistencias que en ella emergen y comunicárselas al analizado. Una vez vencidas las resistencias, el sujeto relata sin esfuerzo las situaciones y relaciones olvidadas. Por ende, el objetivo de la técnica es el mismo que antaño: descriptivamente, la supresión de las lagunas del recuerdo; dinámicamente, el vencimiento de las resistencias de la represión.

El giro se puede ubicar en la concepción de que el analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como acto; lo repite sin saber que lo repite. Freud establece que la compulsión a repetir es la manera especial de recordar.

La evocación de recuerdos durante la hipnosis producía la impresión de un experimento de laboratorio. En cambio, la repetición en el tratamiento analítico, según la nueva técnica, supone evocar un trozo de vida real.

Es preciso puntuar a partir de este texto el pasaje del concepto de abreacción al de elaboración psíquica. Este término es utilizado por Freud para designar, en diversos contextos, el trabajo realizado por el aparato psíquico con vistas a controlar las excitaciones que le llegan y cuya acumulación ofrece el peligro de resultar patógena. El trabajo de la elaboración consiste en integrar las excitaciones en el psiquismo y establecer entre ellas las conexiones asociativas. La eficacia de la cura proviene del establecimiento de estas conexiones asociativas que permiten la liquidación progresiva del trauma.

En la lección XVIII de las Lecciones introductorias del psicoanálisis (1916- 1917), Freud remite lo traumático a un sentido económico.  El punto de vista económico es uno de los tres elementos que conforman la metapsicología. Está relacionado con la hipótesis según la cual los procesos psíquicos consisten en la circulación y distribución de una energía cuantificable, es decir, susceptible de aumento y disminución. Lo traumático designa a partir ésta concepción, aquellos sucesos que aportan a la vida psíquica en breves instantes un enorme incremento de energía. En consecuencia, se hace imposible la supresión o asimilación de la misma por vías normales provocando duraderas perturbaciones. La metapsicología no se agota allí sino que también incluye los puntos de vista tópico y dinámico.

El trauma psicoanalítico no se refiere a la violencia del acontecimiento, sino a la sorpresa que esto haya ocurrido. De los aportes anteriores, se desprende la idea de que lo traumático no puede medirse por el estímulo externo, sino que deviene como tal dependiendo de la posición del sujeto frente a esto.  Además, se subraya la importancia que adquieren las formas que el suceso traumático vayan tomando en el imaginario colectivo, así como las respuestas que el conjunto social, político, cultural y jurídico pueden ir brindando frente a esta situación.

Otro punto a considerar es la posición lacaniana con respecto a lo traumático. Los aportes de Lacan acerca del concepto de trauma son ineludibles, en tanto que lo traumático no sería algo del orden de lo contingente en el ser hablante, sino que se refiere estrictamente al encuentro con la sexualidad. Lacan (1974) se aparta de teorías endogenistas como la de Klein, introduciendo que lo traumático es el (des) encuentro entre el llamado pedazo de carne y la lengua. El trauma, entonces, es estructural y está en relación con lo real lacaniano. En consecuencia, no es “lo que ocurrió” y que se podrá recordar más o menos, sino aquello que no se puede dejar de repetir sin recordar. Aquello, en palabras de Lacan (1973), que “no cesa de  no escribirse.” Será tarea del fantasma orientar, de alguna manera, la significación del trauma. Esto, al menos, es lo que el autor trabaja sobre la clínica de la neurosis.

Sujeto y suicidio

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

  • Albert Camus, El mito de Sísifo

Recorrido por Freud: muerte y Tánatos

El suicidio históricamente ha sido objeto de estudio de diferentes disciplinas, tales como la sociología, la filosofía, la literatura, entre otros saberes. Considerar el proceso de la muerte ejecutada por uno mismo siempre ha sido un enigma que invita a indagarlo.

Desde el psicoanálisis, es posible situar el artículo freudiano Consideraciones de actualidad de la guerra y la muerte, publicado en 1915, en donde se marca el contraste entre la actitud cultural-convencional hacia la muerte que implica el reconocimiento de que toda vida concluye en la muerte, como algo natural e inevitable, y el comportamiento que se expresa como la inequívoca tendencia a hacer a un lado la muerte, a eliminarla de la vida. Existen entonces frente a la muerte, distintos modos de saber. Se sabe de la muerte, pero al mismo tiempo se la desconoce.

Para Freud, “nuestro inconsciente no cree en la propia muerte, se conduce como si fuera inmortal” (1915: 2115). El inconsciente admite la muerte y al mismo tiempo la desmiente como irreal, el principio de la contradicción rige en el proceso primario. Es a destacar que la muerte y el sexo anteriormente a este artículo habían sido señalados por Freud como aquellos que no tienen inscripción en el aparato psíquico: no hay inscripción de la muerte propia, no hay simbolización de ella.

Siguiendo con el artículo antes mencionado, la muerte llevó a la humanidad a construir distintas creencias, reflexiones, sistemas filosóficos. Cada cultura hace de la vida luego de la muerte un tratamiento diverso para hacerla soportable. La creencia en la inmortalidad del alma, la valorización que algunas religiones y reencarnaciones son modos entre otros de “despojar a la muerte de su significación de término de la existencia” (Freud, 1915: 2114)
También las creaciones literarias y artísticas, el humor negro y los chistes, postula el autor,  dicen de un modo soportable aquello que no puede admitirse.  Así, cada sujeto inventa, con sus respuestas neuróticas, psicóticas o perversas, con sus inhibiciones, sus síntomas, sus angustias, sus fantasías y sus actos, un tratamiento singular de lo real de la muerte que le permite defenderse de ella, hacerla tolerable, o no.

Otra de las referencias freudianas acerca de la muerte, se encuentra en Más allá del principio del placer (1920), en donde Freud presenta las pulsiones de vida y de muerte de manera singular: retomando a dos personajes de la mitología griega.

 La pulsión de muerte o Tánatos es un concepto que nace en contraposición de la pulsión de vida o Eros y que se define como el impulso inconsciente y generador de excitación orgánica (es decir, una pulsión) que aparece como la búsqueda del ser de retornar al reposo absoluto de la no-existencia. Se podría considerar como el impulso que busca la propia muerte y desaparición.

Mientras que Eros busca unir, conservar la vida y satisfacer la libido, Tánatos busca satisfacer los impulsos agresivos y destructivos, teniendo por objetivo la desunión de la materia y la devolución al estado inorgánico. Este impulso aparece a menudo en forma de agresividad hacia los demás o hacia uno mismo, tanto si se da de manera directa como indirecta.

Tánatos no se guía por el principio de placer, como Eros, sino por el principio del Nirvana: se busca la disolución, el reducir y eliminar la excitación no para encontrar placer en la solución de conflictos que permiten la supervivencia sino para hallarlo en la disolución y la vuelta a la nada.

Freud liga el concepto de culpabilidad al de pulsión de muerte. Las encuentra manifiestas en la perseverancia de conductas contrarias a la salud o incluso la compulsión de repetición de actos displacenteros, como la autoagresión. También el surgimiento de la resignación vital, la desesperanza y la abulia pueden relacionarse con Tánatos, así como la rumiación y el claudicamiento. En el extremo, está pulsión puede conducir a actitudes masoquistas o a ideación o intentos autolíticos.

 Según el padre del psicoanálisis, tanto la pulsión de vida como la de muerte son imprescindibles para el ser humano  y se presentan en un continuo conflicto. Este nuevo dualismo pulsional que aparece en la obra antes mencionada, indujo a Freud a considerar las relaciones de fuerza entre las pulsiones antagónicas. La unión de las pulsiones constituye una mezcla de ellas, en la que cada uno de los componentes se encuentra en proporciones variables. En  cambio, la desunión designa un proceso que, en casos extremos conduce a un funcionamiento independiente de las dos clases de pulsiones, persiguiendo cada una por separado su propio fin.

El sujeto según Lacan: vacío y fantasma.

Para el psicoanálisis de orientación lacaniana, la emergencia del sujeto está condicionada por la preexistencia del lenguaje, es decir, se define al sujeto como la consecuencia de la afectación del lenguaje sobre el viviente humano. De esta operación queda, por otro lado, un resto, una ineliminable pérdida, un vacío, un objeto perdido que constituye para el sujeto su esencia y lo moviliza incesantemente a responder por ese vacío.

Es imprescindible trabajar el concepto de fantasma para Lacan, que lo retoma de Freud. Algunos años después de la publicación de Estudios sobre la Histeria, Freud afirma no creer más en las neuróticas, es decir que los recuerdos que ellas referían como de seducción son, a veces, producto del fantasma y no se  corresponden con huellas de un abuso sexual real. Es en este momento en donde el autor abandona la denominada Teoría de la seducción y descubre la naturaleza fundamentalmente discursiva de la memoria. De este modo Freud utiliza el término fantasma para designar una escena que se presenta en la imaginación y que dramatiza un deseo inconsciente.

Por su parte, Lacan sostiene que el fantasma constituye la manera singular de cada sujeto de responder al enfrentarse con la castración. Al fantasma se lo puede considerar una escena, es decir, un espacio enmarcado, del mismo modo que una escena de teatro se enmarca por un arco del proscenio. El mundo es un espacio real que está más allá del marco. El autor lo relaciona a una obra de arte pintada por René Magritte, cuyo nombre es La condición humana. En él se aprecia una ventana  enmarcada por los cuatro marcos que hacen hueco en la pared. El marco esta subrayado por unas cortinas, que lo enfatizan y adornan. Por el agujero definido se alcanza a ver un paisaje pintado con trazos netos. Pero interpuesto ante el paisaje que se considera real, se encuentra estratégicamente colocado un bastidor de pintor que reproduce en dos dimensiones el mismo paisaje que se percibe por la ventana. Lacan afirma no haber visto antes una realización pictórica que le recuerde tanto a la formación humana del fantasma. Lo que posibilita el fantasma es la constitución de los objetos, por un lado, y también posibilita al sujeto a sostener su deseo.

Existen corrientes teóricas que consideran que el trauma es un acontecimiento exterior y otros que sostienen que en verdad lo traumático sería producto del fantasma. Basta poner ese esquema, esa dualidad afuera/ adentro sobre una banda de Moebius para observar que no hay fantasma sin trauma, sin acontecimiento que lo despierte.

A partir de esta concepción de sujeto y de fantasma, una posible forma de pensar las manifestaciones subjetivas como las tentativas de suicidio y los suicidios consumados, pueden ser sumidas en una lectura que incluye un vacío en su interior, y a un sujeto que responde allí. Los últimos recursos contra la angustia, según Lacan, son lo que denomina  acting out y pasaje al acto. Será indispensable también introducir en la serie de estas dos categorías, el concepto de acto.

 Las diferencias entre acting out y pasaje al acto retoman la noción de escena del fantasma, mientras que el sujeto que realiza un acting out todavía permanece en la escena, el pasaje al acto supone una salida total de la misma. El primero es un mensaje simbólico dirigido al gran Otro, en cambio el segundo es una huida respecto del Otro hacia la dimensión de lo real. Esto implica una salida de la red simbólica, la disolución del lazo social y por sobre todo marca la disolución del sujeto en puro objeto. Para Lacan, ni el acting out ni el pasaje al acto son verdaderos actos, puesto que en tales acciones el sujeto no asume responsabilidad por su deseo. El acto porta la característica de ser simbólicos y su cualidad fundamental es que al actor se lo puede hacer responsable de él. La responsabilidad en psicoanálisis está vinculado a la intencionalidad, en tanto el sujeto tiene intenciones conscientes e inconscientes.

En ciertas tentativas de suicidio, el sujeto hace exhibición y reclamo, intenta instaurar al Otro en su lugar de falta, por lo que podrían considerarse como acting out. Más que estar decidido a la consumación del acto, es un llamado al Otro para que dé respuesta por aquello que introduce el vacío, el objeto. Se tiende a pensar que la neurosis, tanto la histérica como la obsesiva, cuentan con cierto resguardo estructural  frente al suicidio. Distinto es la situación de la psicosis, estructura clínica en donde la relación con el Otro está perturbada. Si bien estos señalamientos son pertinentes no es la intención de este artículo explorar las diferentes estructuras clínicas en relación a los suicidios, sino señalar puntualmente las diferencias de las categorías mencionadas anteriormente.

Por otro lado, la relación del sujeto con el objeto no se presenta al margen del acontecer social y de los fenómenos en los que se desenvuelven las colectividades en cada época y lugar. En el contexto social actual impera el discurso capitalista, en donde se apuesta al individuo útil, que trabaja para comprar los diferentes objetos que ofrece el mercado y que a través de éstos se garantiza la satisfacción en el menor lapso de tiempo posible. Así, el capitalismo promueve la libre competencia entre individuos, lo que se traduce en lazos de segregación y exclusión, panorama que deja al sujeto en una posición de desamparo e impotencia total.

En La Divina Comedia, se relata el viaje de Dante acompañado por Virgilio por los Círculos del Infierno. En un pasaje de ese texto, cuando los protagonistas se encuentran en el Vestíbulo, se levanta un cartel que señala el camino a transitar. En él está escrito lo siguiente: “Por mí se va a la ciudad del doliente, por mí se va al eternal dolor, por mí se va con la perdida gente, fue la justicia quien movió a mi autor. […] Perded toda esperanza al traspasarme.” (Dante, 2006: 18) Esta proclama pareciera ser el que describe el recorrido que transita el sujeto cuando sobrevive a una experiencia traumática. El desamparo y la impotencia mencionados más arriba sólo agravan la situación. Freud sostenía que lo traumático porta un efecto propiamente siniestro: el encuentro con lo mismo, una mismidad sin mayor desplazamiento ni metaforización, que delata el fracaso de un trabajo de elaboración, desnudando de esta manera, esa terca resistencia del trauma a su tramitación. Sin hacer un lugar en la economía psíquica a la pérdida para poder seguir adelante, es decir, poder tramitar el malestar sobrante, la vida comienza a perder sentido. Así uno de los posibles desenlaces del sujeto luego de una experiencia traumática arrasante, es quitarse la vida, el acto del suicidio.

¿Cómo encontrar una salida cuando parece no haberla?

Se intenta que este interrogante haga de eje para ensayar una respuesta desde el psicoanálisis frente a éstas situaciones de extrema gravedad.

El abanico de intervenciones posibles en situaciones con esta complejidad es múltiple. Lo inédito del discurso del psicoanálisis consiste en suponer sujeto: diagnosticar sujeto y no al sujeto. Sujeto que es posible reconocer en los intersticios.

El llanto desconsolado, los mutismos, las pesadillas que no dejan descansar, el insomnio, la angustia. Todos esos sentimientos de dolor transformados en carne consolidan muchas veces un límite. Límite que en principio se puede vincular con la conceptualización freudiana, es decir, no por lo infranqueable o lo inanalizable sino bajo la cuestión de ubicar el modo en que éste permita la consecución de un tratamiento. Donde la simbolización falla y da lugar a la irrupción del horror de la existencia, cuando el sujeto queda bajo los efectos de un destierro subjetivo, ¿qué es posible?

Una de intervenciones posibles es que a esa marea de dolor se le pueda ofrecer un continente que lo reciba. Laura Conte (2003) en Terrorismo de Estado, el trauma: salida del lenguaje, aborda la condición de posibilidad para que el trauma no quede cristalizado en ese primer momento de emoción desgarrada. La autora propone una relación terapéutica que se instale como lazo solidario para permitir que algo del horror pueda ser simbolizado, inscripto y memorizado. De esta manera, se delinean algunos límites a la repetición, en el esfuerzo por acceder a un nuevo equilibrio subjetivo. Este trabajo psíquico de inscripción del suceso traumático permite ubicar una distancia con el hecho, haciendo posible un corte, una ruptura simbólica. Por consiguiente, esto habilita que el pasado pueda inscribirse como historia en la subjetividad. Es así como, poco a poco, se pueden ir trazando las condiciones del análisis. Sin embargo, así como lo simbólico no recubre lo real por completo, la operación dejará un resto de horror, silencioso.

De esta manera, se configura las posibilidades del “psicoanálisis extramuros” (Bleichmar, 2010), en donde estrategias tales como propiciar un espacio de contención y escucha, acompañar el trabajo de duelo y resignificar sentidos serán recursos para hacer frente al dolor de existir. La apuesta es al sujeto, pero también a que el acto psicoanalítico se produzca porque ese es el modo que tienen los analistas de tocar lo real.

Referencias

Alighieri, D. (2006) [1307] Divina Comedia. España: Gredos

Bleichmar, S. (2010) Psicoanálisis extramuros. Puesta a prueba frente a lo traumático. Buenos Aires: Entreideas.

Camus, A. (1996) [1942]  El mito de Sísifo- Ensayo sobre el absurdo. Buenos Aires: Losada

Conte, L. (2003) Terrorismo de Estado. El trauma: salida del lenguaje. En Clínica psicoanalítica ante las catástrofes sociales: la experiencia argentina, Buenos Aires, Paidós.

Evans, D. (2003) Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano. Buenos Aires, Paidós.

Frankl, V. (2004) El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.

Freud, S. (2008) [1985] Estudios sobre la histeria. Buenos Aires: Biblioteca Nueva.

_ (2008) [1914] Recuerdo, repetición y elaboración. Buenos Aires: Biblioteca Nueva.

_ (2008) [1915] Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte. Buenos Aires: Biblioteca Nueva.

_ (2008) [1916-1917] Lecciones introductorias al psicoanálisis. Buenos Aires: Biblioteca Nueva.

_ (2008) [1919] Lo siniestro. Buenos Aires: Biblioteca Nueva.

_ (2008) [1920] Más allá del principio del placer. Buenos Aires: Biblioteca Nueva.

_ (2008) [1939] Moisés y la Religión monoteísta. Buenos Aires: Biblioteca Nueva.

García, G. (2005) Actualidad del trauma. Buenos Aires: Grama.

Lacan, J. (2006) [1962-1963] Seminario X La Angustia. Buenos Aires: Paidós

_ (2008) [1973] Seminario XX Aún, Buenos Aires, Paidós.

Laplanche, J. y Pontalis, J.B (2006) Diccionario de Psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

López, I. Viaje a un cuadro: ‘La isla de los muertos’, de Arnold Böcklin, 19/03/2020. Fecha de acceso: 27/10/2020. URL: https://www.traveler.es/experiencias/articulos/viaje-a-un-cuadro-la-isla-de-los-muertos-de-arnold-bocklin/17568

Apéndice

Acerca de La isla de los muertos

Así se llama la primera pintura que encabeza este artículo, y que perteneces a una serie de cinco pinturas realizadas por el artista suizo Arnold Böcklin entre los años 1880 y 1886.

Si bien el autor realizó las cinco obras por encargo, nunca le puso nombre ni explicó su significado. Se asume que en parte la pintura evoca al Cementerio inglés de Florencia (Italia), que estaba cerca del estudio de Böcklin y es donde enterró a una de sus hijas. El nombre de la pintura se lo atribuyó el tratante de arte Fritz Gurlitt en 1883.

Se ha comentado que Böcklin estaba obsesionado con el tema de la muerte, incluso entre sus obras se encuentra un autoretrato llamado “la muerte como violinista.” Su arte se incluye en el  movimiento simbolista e inspiraron a pintores como Max Ernst, Salvador Dalí y Giorgio di Chirico. El trabajo de Böcklin  ha sido admirado por Sigmund Freud (quien lo menciona en su libro La interpretación de los Sueños), por Vladimir Lenin y por Adolf Hitler entre otros. Este último tenía 11 de sus pinturas, una de ellas en su despacho.

¿Qué se puede apreciar en la pintura? Se ve representada una isla rocosa con grandes cipreses en el centro, y una gran canoa dirigiéndose a ella. En dicha se puede ver una figura remando y una silueta blanca de espaldas. En la punta de la misma, un objeto que se ha identificado generalmente como un ataúd. Se rescata aquí las palabras de Ianko López, quien realiza una lectura de esta pintura en su artículo  titulado Viaje a un cuadro: ‘La isla de los muertos’, de Arnold Böcklin:

La muerte está encapsulada en todos y cada uno de los elementos de la imagen. Aparte de algunos matojos y líquenes, la única flora que espera en la isla son unos altos cipreses, árboles de cementerio, con copas de hoja perenne que evocan una vida otra pero eterna. La propia configuración de la isla hace pensar en un enorme monumento funerario, quizá incluso en la fachada de un mausoleo. Y ese insólito piélago en calma sería la laguna Estigia, que según la mitología griega deben atravesar las almas en su camino hacia el inframundo del Hades. El hombre que guía la nave sería por tanto el barquero Caronte, a quien se debe pagar con una moneda, la misma que los vivos han depositado previamente bajo la lengua del cadáver antes de enterrarlo. El difunto, envuelto en una túnica blanca que es un sudario, parece escoltar su propio féretro del mismo tono blanco. Y no siente ansiedad ni vacilación ni miedo ni aflicción, pues nada de esto tiene sentido para quien se sabe en el umbral de una morada definitiva, donde todos los días serán iguales, si es que los días existen. (López, 2020: párr.6)

La pintura pareciera transmitir algún afecto parsimonioso, calmo y solemne en relación a la muerte, radicalmente distinta al escena que muestra por ejemplo – y a fines de generar un contrapunto- , Eugène Delacroix en su obra titulada La muerte de Sardánapalo:

Para contextualizar, esta pintura fue realizada en 1827 y pertenece al romanticismo francés de la época. Se representa en la misma, el final de la vida del Rey Sardanápalo de Asiria, que habría vivido de 661 a.C. a 631 a. C. en la antigua región del Norte de la Mesopotamia. Se cuenta que Sardanápalo habría conspirado contra otro rey, y este último sitió su ciudad. Sardanápalo intuye la derrota inminente y decide suicidarse, no antes dando la orden de matar a todo su harén de mujeres, sus caballos, sus perros y quemar sus posesiones, para evitar que su enemigo se apropiase de sus bienes.

Examinando la pintura en relación a La isla de los muertos, esta nos transmite una muerte muy diferente. La situación nos transmite una escena violenta, en donde se producen asesinatos de mujeres y animales. Resalta el rojo y predomina el caos. Es una escena dramática, en donde quizá llama la atención que el Rey contempla con tranquilidad la matanza que ocurre alrededor.

 

 

 

 

 

 

 

Recepción, octubre 2020

Aceptación, enero 2021

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