Número 3, Publicaciones

La formación en psicoanálisis de orientación lacaniana y en neurociencias psicoanalíticas

The training in Lacanian-oriented psychoanalysis and psychoanalytic neurosciences

Balzarini Marco

Argentino

Maestrando en Teoría Psicoanalítica Lacaniana.  Universidad Nacional de Córdoba

 Correo electrónico: marcombalzarini@outlook.com

 

Resumen 

El presente trabajo tiene como objetivo diferenciar la formación de los psicoanalistas de orientación lacaniana de la formación de las neurociencias actuales que se apoyan en Freud. Se parte de la hipótesis de que hay diferencias entre el concepto de inconsciente freudiano que renueva Lacan y el inconsciente freudiano que toman las neurociencias actuales. Esas diferencias traen consecuencias en la formación de los analistas y en la práctica que desempeñan. Se demuestra que el supuesto de integración entre inconsciente y cerebro, entre psicoanálisis freudiano y biología de la mente, aplastaría los fundamentos en los que se sustenta la formación y, por tanto, haría desaparecer al psicoanálisis mismo. La pretensión de hacer del psicoanálisis una ciencia por la vía de la biología termina no reduciendo, sino acabando con el objeto de estudio que Freud delimitó. Se trata de saber en manos de quién va a quedar el psicoanálisis freudiano como método terapéutico: de los brillantes neurocientíficos o de la orientación lacaniana.

Palabras clave: Psicoanálisis – Neurociencias – Inconsciente – Formación – Lacan

 

Abstract

The present work aims to differentiate the training of psychoanalysts of Lacanian orientation with respect to the formation of current neurosciences that rely on Freud. It is based on the hypothesis that there are differences between the concept of freudian unconscious that renews Lacan and the Freudian unconscious that current neurosciences take. These differences have consequences for the training of analysts and the practice they perform.  It is shown that the assumption of integration between unconscious and brain, between Freudian psychoanalysis and biology of the mind, would crush the foundations on which the formation is based and, therefore, would make psychoanalysis itself disappear. The pretense of making psychoanalysis a science by way of biology ends up not reducing, but ending with the object of study that Freud defined. It is a question of knowing in the hands of who will remain Freudian psychoanalysis as a therapeutic method: of the brilliant neuroscientists or of the Lacanian orientation.

Key words: Psychoanalysis – Unconscious – Neurosciences – Formation of the psychoanalist – Lacan

                Entre los años 1950 y 1964, luego de la muerte de Freud y hasta el acto de fundación de la Escuela en el sentido de Lacan, quien aspiraba a ser un psicoanalista debía cumplir una serie de pasos, entre ellos, tener un título de médico y haber contabilizado una cierta cantidad de horas de psicoanálisis personal, que más o menos promediando los 50 o 60 años de edad se tenía un psicoanalista. La formación estaba garantizada por un dispositivo estructurado, rígido y estandarizado, centrado en la dimensión cronológica del tiempo, es decir, la sucesión, la sumatoria de sesiones, que daba como resultado un psicoanalista.

                De tal manera, el psicoanálisis quedaba ligado al ideal de la ciencia. Conocimientos asegurados por grados (primero, segundo, etc), sumatoria de méritos, tiempo dedicado a investigación, en fin, una idea que combina de manera recíproca tiempo y producción. El modo de lazo social del psicoanálisis era el discurso universitario, donde se busca al amo, la serie de pasos, para la obtención de una nominación. Así, el trabajo del inconsciente se tiene que adecuar a la cantidad de horas y a la teoría construida. El inconsciente debe estar a la altura del saber, lo cual introduce, aunque no lo quieran, la dimensión de la errancia.

                Si algo descubrió Freud fue que el inconsciente equivoca. No hay formación. O sí la hay, formación dudosa, pues si algún buen día el criterio de la cantidad llegara a nombrar a alguien psicoanalista sería un engaño, sería decir que alguien ha alcanzado estar a la altura de su propio inconsciente cuando ya Freud recomendaba a los analistas volver a su análisis cada cierto tiempo, porque la roca dura de la castración y los restos ineliminables del final de análisis dan cuenta de que nunca se está en línea con eso.

                El análisis no es interminable, es terminable, justamente por la vía de estos restos. Análisis interminable es una advertencia a los analistas, de que se sigan analizando si quieren conducir las curas a un fin. Cuando Freud se refiere a la terminabilidad no se refiere a la anulación del fragmento de fijación pulsional insistente. El análisis se termina, no sin resto. Más bien, si hay resto hay fin de análisis. La interminabilidad no tiene ya que ver con esos restos, sino con la propia posición como analista. No es posible sostener la posición analista sin haber pasado por esa experiencia analizante que ha dejado sus restos sintomáticos (Delgado, 2021).

                En el sentido de la interminabilidad es que la ciencia sostiene el semblante como aquello equivalente al ser. Pretende anexar sentido a lo real y ahí la cosa se vuelve infinita. Lacan inventó el Sujeto Supuesto Saber como manera de trazar una posición en la transferencia que sea la de suponer un saber, no la de saber. Que alguien que se forma en psicoanálisis diga que ha terminado la formación es una impostura. Se ha convencido de que hay la definición para su ser y que eso será permanente. Es el momento en que oscurece su deseo de saber. Si sé decir, con seguridad, qué soy, ya nada me va a sorprender. Eso se llama infatuación.

                Lacan empieza su formación como psicoanalista al mismo tiempo en que defiende su tesis doctoral en psiquiatría. Hasta 1964 se formaba en la institución creada por Freud, la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA). Aunque el inicio formal de su enseñanza lo sitúa en el Discurso de Roma de 1953, hizo esperar, como dice Miller (2020b), hasta 1964, para la fundación de un sujeto, que él llamó Escuela. Escuela sujeto es una manera de invitar a quienes quieran saber cómo piensa ese sujeto que por ser sujeto piensa (Miller, 2017). Su órgano de base es el cartel, dispositivo de investigación que es reactivo a la conformación de fenómenos de grupo, fenómenos que se caracterizan por la unificación en el saber. A esto Lacan añade, en 1967, la propuesta del dispositivo del pase como instrumento de puesta a prueba del testimonio de una verdad, con lo que pide que se dé testimonio de lo que hacen los analistas. ¡Que se diga! El cartel y el pase son los instrumentos que dan vida a la Escuela en el sentido de Lacan.

                Que el cartel y el pase sean instrumentos de vida de la Escuela hace pensar en la posición analizante como la condición para un psicoanalista, lugar desde el cual Lacan enseña. La condición de analizante es la de hablar y la de investigar. El seminario era el lugar donde Lacan no se callaba. Con lo cual había un lugar donde se callaba, como analista. Es decir, el analista se autoriza como psicoanalizante. La posición analizante protege a un practicante de pretender dominar la vida de un sujeto, lo cuida de creer que sabe. Freud mismo estuvo preocupado por el dominio que la ciencia llevaba en la época. Se preguntaba ¿cómo sobrevivirá el psicoanálisis ante el furor que hay por curar? En 1911 advertía, a quien pretendía orientarse por el psicoanálisis, que se le exigirá, al menos, analizarse. “Puedo comenzar diciendo que el psicoanálisis no es hijo de la especulación, sino el resultado de la experiencia” (Freud, 2012f, p. 211). En efecto, el psicoanalista deviene de la experiencia psicoanalítica, advertencia que se encuentra en toda la obra de Freud. Dicho de otra manera, un practicante de psicoanálisis que no se analiza no llegará más lejos que a los límites del propio desconocimiento, pues quedará satisfecho de explicaciones científicas que no hacen más que engrandecerlo. Lo cito:

El progreso del psicoanálisis se ve demorado, además, por el terror que siente el observador corriente de verse reflejado en su propio espejo. Los hombres de ciencia suelen hacer frente a las resistencias emocionales con argumentaciones, ¡y quedan así plenamente satisfechos! Quien desee no pasar por alto una verdad hará bien en desconfiar de sus antipatías, y, si pretende someter a examen crítico la teoría del psicoanálisis, antes de dedicarse a ello deberá analizarse. (2012f, p. 215).

                Con estas claras advertencias Lacan crea esta Escuela sujeto, que hace una lectura de Freud. Lacan hace una operación de lectura sobre Freud, operación que renueva y actualiza los fundamentos de la teoría y de la práctica psicoanalítica. En “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” dedica varias páginas a fundamentar la sesión de tiempo variable. El tiempo es probablemente el motivo más fuerte de renovación de la lectura posfreudiana de IPA. A partir de ahí Lacan dice que el acto analítico no debe estar regido por cumplir el tiempo del reloj de 45 o 50 minutos, cuestionando la idea de la normalidad a la que se habían acostumbrado los psicoanalistas. Es decir, Lacan cuestiona el estándar, el corsé del tiempo. Los años entre 1964 y 1967, que es el año del seminario del acto analítico, son años muy importantes para la elaboración de los principios de la práctica. Incluso antes, en 1958, estaba la palabra principios: “La dirección de la cura y los principios de su poder”.

                La Escuela-Sujeto se refiere a Freud para denunciar las desviaciones en las que se habían perdido sus cimientos y hace una lectura crítica que deriva en la renovación de los principios del psicoanálisis freudiano. Cito a Lacan:

Ese título en mi intención representa el organismo en el que debe cumplirse un trabajo que, en el campo que Freud abrió, restaure el filo cortante de su verdad, que vuelva a llevar la praxis original que él instituyó con el nombre de psicoanálisis al deber que le corresponde en nuestro mundo; que, mediante una crítica asidua, denuncie en él las desviaciones y las concesiones que amortizan su progreso para degradar su empleo. (2012, p. 247).

                Lacan plantea entonces un Retorno a Freud, pero no se trata de volver a Freud para enseñar la historia, no es que en el principio había algo que se perdió, sino que se trata de traer a Freud al presente, de traccionar a Freud hacia nosotros, una tracción ejercida sobre Freud para conducirlo entre nosotros (Miller, 2008). Traccionar a Freud para que sea deseable para los jóvenes de hoy y eso se hace empezando por los principios, no por el final. Muchos jóvenes creen haber entendido a Freud. Las investigaciones actuales de las neurociencias con el objetivo de integrar el psicoanálisis freudiano en la biología de la mente (Kandel, 2009; Kandel, Schwartz y Jessell, 2001; Deneke, 2006; Insel, 2009; Langaney, 2006, Solms, 2017; 2007; 2006; 2004; Solms y Turnbull, 2001; Solms y Solms, 2005; Talvitie; 2009; Damásio, 1994; Eichenbaum, Cahill, Gluck, Hasselmo, Keil, Martin, y Williams, 1999;  Delgado, Strawn y Pedapati, 2015; Ansermet y Magistretti, 2006) hacen uso de Freud para atraer lectores, un modo de traducir a Freud que comprende todo. Bien, ahí la cosa se acaba. Se empieza por el final. Y así se desecha a Freud. La pregunta debería re lanzarse ¿cómo hacer que Freud les hable a los jóvenes que lo entienden? ¿Cómo despertar en los jóvenes el deseo de estudiar psicoanálisis? Porque Lacan enseñó no para hacer historia de las ideas, sino para hacer deseable al psicoanálisis.

                Lacan se dedica a una denuncia, que no es renuncia. Apunta principalmente a los analistas de IPA, que normalizaban el deseo del sujeto en relación con una idea de evolución genital; esforzaban las interpretaciones para hacer encajar la subjetividad del paciente en una explicación edípica, en un mito descripto en estadios, convencidos de que la teoría se explica desde el caso, es decir usando el caso para hacer existir la consistencia de su teoría. Pero, Lacan demuestra la inconsistencia, la ex-sistencia como opuesto a consistencia (Cancina, 2008), al denunciar que se estaba haciendo pasar al inconsciente por el registro imaginario, desconociendo el registro simbólico. Se estaba ignorando el inconsciente que, por estar estructurado como un lenguaje, no podía ser accesible por la vía de la identificación al analista, eje imaginario, que predominaba en las curas que dirigían los analistas de IPA. “Esto llevó a los analistas contemporáneos de Freud a identificar su posición con la del ideal del yo, posición que confundieron con la del superyó” (Miller, 2020, p. 14). Superyó del imperativo del amo. Esa versión de analista hipnotiza, hace dormir el síntoma. Bien, pero debemos preguntarnos si adormecer es un ideal para el psicoanálisis.

                La novedad hoy es que ese movimiento que operó IPA, que como denunció Lacan llevó a un desvío de Freud, está siendo reactualizado en las neurociencias que también se apoyan en Freud. Ese movimiento de IPA está siendo reactualizado en los términos de la biología. Si los analistas de IPA normalizaban el deseo del sujeto en relación con un ideal de evolución genital, los neurocientíficos que se apoyan en Freud, normalizan el deseo en relación a una idea de progreso neuronal. Todos deben pasar por los mismos estadios. De lo contrario, anormalidad y rehabilitación. Parece que hay que ir llevando al sujeto por la senda del ideal de la especie, el equilibrio, el orden, la homeostasis, el cerebro sano.

                Con el inicio del siglo XXI se produjeron muchas investigaciones desde la palabra de Freud que llevan el inconsciente al plano de la biología. Entonces, se puede ver en la neuroimagen. Si sus teorías se verifican en imágenes se hace existir en ello sus propios fantasmas no analizados. “Se estudian las imágenes de la activación del cerebro, pero nada dicen por sí mismas. Son las teorías y los científicos los que interpretan los datos” (García de Frutos, 2012, p. 5). De hecho, la Ego-Psychology estaba animada por el proyecto de reabsorber el psicoanálisis en el cauce de una psicología científica, apoyándose en esta operación sobre los desarrollos de la biología de la época. La novedad de hoy la introducen las avanzadas técnicas de neuroimagen. En consecuencia, estamos asistiendo a una tentativa de neurobiologización del inconsciente, que se desprende de la corriente cognitiva del psicoanálisis que completa y reactualiza la versión contemporánea de la ego-psychology (Laurent, 2005). Se trata de un espejo del realineamiento que está operando la psiquiatría con la neurología (Ubieto, 2019c).

                Parece un plan delirante. Justamente Lacan en los años 60 puso de relieve las relaciones entre la ciencia y la psicosis, pues tienen algo en común: el rechazo de todo saber (Laurent, 1991). Por este rechazo se vive una época fascinante. El imperio de las imágenes ofrece un espectáculo. Hoy lo que es visible es científico. No se está seguro de que algo exista hasta que haya sido visto. Un proceso mediado por imagen y aparato, que prescinde de la palabra. La escucha activa, o como decía Freud atención flotante, cedió paso a la imagen. La imagen se comió a la voz y así detuvieron al ser, a costa de hacer aparecer el inconsciente. Ah, ¡pare ser!

                Si la combinación inconsciente y cerebro fuera cierta, se tendría que modificar la formación psicoanalítica, que debería ser reabsorbida por la Universidad al pasar por la ciencia. Sin embargo, Freud no creó las instituciones psicoanalíticas para eso, sino para todo lo contrario, para separar a la colectividad de psicoanalistas de una sociedad científica fundada sobre una práctica común. Para eso crea en 1908 la sociedad psicoanalítica, un grupo pequeño[1] y por un tiempo preciso, no duraba para siempre, pues no es con las multitudes como se lucha contra el malestar de las identificaciones del amo.

                Pequeños grupos, porque el analista, en su formación, no está solo. Formación que no es sin los otros. Está solo, con los otros. Se trata de la paradoja de la Escuela, que Miller (2007) ubicó como “lógica colectiva”, una lógica de a uno, pero con otros. Un colectivo en el que cada quien queda librado a su propia soledad. ¿A qué damos consentimiento en ese lazo con la Escuela? A consentir a que con los otros cada quien sostiene el deseo de trabajar y de subjetivar lo que cada quien ha encontrado en su análisis como su causa y de qué manera decirla bien.

                Sin embargo, la subjetividad está hoy controlada e influenciada por los especialistas en manipulación de aparatos y técnicas de neuroimagen y el inconsciente está apantallado en la explicación mágica cerebral que retoma como ninguna otra la pulsión escópica que, de todas, “es la que elude de manera más completa el término de la castración” (Lacan, 2013, p. 85). Tanta luz puede cegar. Pero, eso no importa. La cosa está en ver(se), en el campo de la estética. Ante eso, Miller (1998) indica que ver la ventana no es ver por la ventana. En el psicoanálisis no se trata de ver. Freud no se interesó por el sueño visto en la resonancia magnética (Brodsky, 2015), sino por el relato del sueño, por la resonancia semántica (Bassols, 2011), que adviene como accidente en la voz. Si Freud se interesó por el relato, el psicoanálisis pone primero al sujeto que narra, antes que al sujeto que sabe. Tomando el planteo poético de Victorri (cit. Laurent, 2005), podríamos decir que la propuesta psicoanalítica en respuesta a la teoría del progreso del cerebro es cambiar homo sapiens por homo narrans. En este sentido, el acto analítico es más allá de ver, es más allá de la mostración.

                El ser hablante es un animal que miente, que cuenta una historia, la propia, pero no es una historia mostrada a través de materiales. Como señalan Cosenza y Puig (2019), la tesis de Lacan del inconsciente estructurado como un lenguaje introdujo un corte en ese proceso de imaginarización del inconsciente, marcando la irreductibilidad del mismo a la normalidad dada por la biología. El goce no es visible. Si fuera, no existiría. Pero existe. Entonces, hay que tener un dispositivo que lo aloje, de lo contrario se estará desorientado, incluso los neurocientíficos.

                Kandel (2009) ha encontrado en seres de complejidad simple (Aplysia) algunas cuestiones sobre el funcionamiento del sistema nervioso. Esto es brillante. Le ha valido un premio Nobel. El problema es que las investigaciones en modelo animal y las conclusiones no tardan en extenderse a lo humano. Ahí se comete un abuso. Se trata de una naturalización de lo psíquico, que no es tan absurda si recordamos que en 1950 para ser psicoanalista había que tener conocimientos sobre la biología del cerebro. Esta condición es la que recuperan estas neurociencias de lo que se desprende que el psicoanalista estaría obligado a interpretar desde la biología. Sin embargo, el texto de Freud “¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?”, de 1926, da cuenta de que alguien que no sea médico puede también ejercer el psicoanálisis. Una manera de decir que el psicoanálisis no se sustenta en fundamentos biológicos.

                No es que el psicoanálisis esté en contra de la ciencia. Tanto Freud como Lacan propusieron teorizar en psicoanálisis de la mano de alguna ciencia. Freud lo hizo con la biología, con el arte, mientras que Lacan lo hizo con la lingüística, la matemática, la lógica, la topología, entre otras. Pero, el inconsciente forzó su salida. Incluso, según los criterios de falibilidad que Carl Popper establece para que una práctica sea considerada una ciencia, el psicoanálisis los cumple. Popper decía que el psicoanálisis no era contrastable, o sea que no podía aplicársele la falsación. Esto es cierto, la primera tópica de Freud no podía ser demostrada, era más “el caso demuestra la teoría”. El punto es que Freud no se queda en eso y contradice su primera teoría, de lo cual se desprende que el psicoanálisis fue contrastado, incluso por Freud mismo. Lo mismo hizo Lacan, fue contra sí mismo; comienza su enseñanza diciendo “primacía del simbólico” y en los años 70 dice RSI, el nudo Borromeo indica que no hay primacía de un registro sobre otro, sino que si uno se desengancha se desanudan todos, entonces los tres registros en el mismo plano. Es Lacan contra Lacan.

                Lo que se pone en cuestión es otra cosa. Así como los neurocientíficos, Lacan también recurre a Freud, pero para quejarse. La queja supone que alguien está dentro de ese discurso y no en otro. No vamos a encontrar, por ejemplo, a un obrero argentino quejarse de la enseñanza del psicoanálisis. Estas neurociencias no se quejan de Freud, no están en ese discurso. Lo comprenden demasiado rápido, eso es abandonar el deseo de saber. En cambio, Lacan lo cuestiona. Tenemos que cuestionar al padre. Lacan sacude al padre, para que las cosas no queden en el mismo lugar, para que algo se mueva, para no ir dirigidos por una línea, por una continuidad que no es propia.

                La formación del analista no es un continuo, no es progresiva. Eso es entrar sin saber y salir sabiendo. Eso se consigue de la noche a la mañana en cualquier carrera académica. Como indica Brodsky (2002), la formación del analista es una sucesión de puntos de ruptura, de discontinuidad. Se puede comparar con los momentos fecundos, tomando terminología que viene de las psicosis. Esos momentos son la consciencia de un encuentro en la práctica, en las lecturas, en el análisis, en el control, pero siempre es un encuentro que revela una falla en el saber, la ignorancia de saber, y por eso resulta inolvidable. El analista solo puede formarse si reconoce el síntoma de su ignorancia. Síntoma de su ignorancia es una pasión, como escribía Lacan (2009). Así, mantenerse con un poco de hambre en la Escuela es distinto que saciarse con un doctorado en neurociencias.

                Tal como señala Tarrab (2002), que la formación sea discontinua no tiene que ver con que sea sistemática. Hay una relación entre formación analítica y Escuela. El deseo que ahí se articula. En otras escuelas aparece la fatiga, como los buenos cuentos que luego hacen perder la buena causa para defender. Se tapona con un ideal el lugar de la causa. Son no incautos, no creen que haya una causa para defender. Los analistas, en cambio, son incautos, creen en una causa, la causa freudiana, que hay que defender. Una especie de inmersión, zambullida, hundimiento, donde cada quien hace sus chapoteos y ve de qué manera hundirse.

Conclusiones

                Este trabajo demuestra que existen diferencias entre la formación de los psicoanalistas de orientación lacaniana y la formación de las neurociencias actuales que se apoyan en Freud. Freud y Lacan fueron médicos interesados por eso que habla; un neurólogo y un psiquiatra, que evidenciaron que la ciencia es insuficiente para tratar algunos dolores. El ser hablante reclama que haya algún campo que lo escuche de manera no biologicista. Con esto, y este es el aporte que se destaca en este trabajo, se reclama que haya algún campo de formación que no corra a cuenta de la ciencia de la biología. Se concluye que, a pesar de que desde las neurociencias se quiera hacer existir una hipótesis de integración, los fundamentos de la formación en psicoanálisis de orientación lacaniana van en contra de esa pretensión combinacionista.

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[1] Se reunían los miércoles en Viena y participaban Otto Rank, Sandor Ferenczi, Ernest Jones, Carl Abraham, Théodore Reck, Max Ettington y Sigmund Freud.

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