Clínica de los síntomas hipermodernos

Hypermodern symptoms clinic

 

Autor: Marco Máximo Balzarini

Nacionalidad: argentino

Filiación institucional: Universidad Nacional de Córdoba

Formación de posgrado: Egresado de Centro de Estudios Psicoanalíticos Sigmund Freud Córdoba, Magíster en Teoría Psicoanalítica Lacaniana (UNC), cursante de Programa de Actualización en Clínica Psicoanalítica Lacaniana (UNLP).

Correo electrónico: marcombalzarini@outlook.com

 

Resumen

El presente trabajo tiene por objetivo analizar desde el psicoanálisis de orientación lacaniana la forma de presentación de los síntomas en la clínica contemporánea en relación con las coordenadas hipermodernas que caracterizan a la época actual, tomando como dimensión de análisis las consecuencias que se desprenden de la modalidad de vínculo que el capitalismo ha introducido entre el sujeto y los objetos del mercado. La pregunta que lo guía es: ¿cómo se relacionan la clínica de los síntomas contemporáneos con las coordenadas hipermodernas de la época actual? Se concluye que los síntomas contemporáneos están ligados a las soledades, a las depresiones, por la modalidad exceso de goce, donde falta un Otro que pueda frenar la desregulación del cuerpo.

Palabras clave: clínica, psicoanálisis, síntomas, capitalismo, hipermodernidad

Abstract

The present work aims to analyze from the Lacanian-oriented psychoanalysis the form of presentation of symptoms in contemporary clinic in relation to the hypermodern coordinates that characterize the current era, taking as a dimension of analysis the consequences that arise from the modality of link that capitalism has introduced between the subject and the objects of the market. The question that guides him is: how does the clinic of contemporary symptoms relate to the hypermodern coordinates of the present time? It is concluded that contemporary symptoms are linked to depression, excess enjoyment, where there is a lack of an Other that can stop the dysregulation of the body.

Key words: clinic, psychoanalysis, symptoms, capitalism, hypermodernity

Acerca de un cambio en la presentación clínica de los síntomas

                Hubo un cambio cultural desde la época victoriana a la era del derecho al goce, a la era “del like”. Algo que notamos y que Freud mismo llamaba malestar en la cultura, esa presión cultural que viene de querer aplacar la pulsión en beneficio de la cultura, eso era un infierno. Ahora la cultura no demanda eso, no demanda que se aplaque la pulsión, demanda lo contrario, que cada uno goce a su manera. El mandamiento de la época contemporánea es: “actúa según tu modo de gozar”.

                También el padecimiento es absolutamente opuesto a lo que se podía encontrar en tiempos de Freud. Los pacientes de hoy se quejan, quizás, por no estar actuando a su manera de gozar. Hay algo en esta época que dice “sí puedes”, “todo puedes hacer”, “ve y búscalo”. Esto es un real. No sabemos si está bien o está mal, los analistas no están para decir eso, no es una buena pregunta para los analistas. Al analista le concierne encargarse de tomar las cosas de la cultura como se presentan y ver qué hace cada sujeto con eso. No juzgar si el derecho al goce es mejor o peor que las prohibiciones de la época victoriana.

                Hoy tenemos una época para pescar con mayor facilidad las psicosis ordinarias, que antes eran los casos raros, y en otra época marginados. Hoy algunos sujetos raros son “influencer”. Hay algo de lo raro que se camufla muy bien con las sociedades actuales. Los raros no tienen el riesgo segregativo que en otros tiempos, quedan también camuflados ya que, con los aparatos, nadie registra lo raro.

                Lo nuevo de muchos síntomas actuales es que no se articulan al sujeto de la represión. No se articulan al retorno de lo reprimido, como sabemos por Freud a partir del mecanismo de la represión que viene de la mano con los efectos retroactivos del sentido. Entonces, la clínica de la psicosis ordinaria, o mucho de lo que llamamos la clínica actual, o los síntomas contemporáneos, muchas veces, en la dirección de la cura, está más destinada a conseguir un anudamiento, que a levantar lo reprimido.

                La época victoriana, era la época de la represión. Los sujetos sufrían, pero no se autodestruían tanto. Esa época daba lugar a los síntomas clásicos. Un síntoma clásico es el que se desencadena como resultado del conflicto entre los ideales del sujeto y el goce inasimilable, la estructura clásica del síntoma en Freud que encontramos en Estudios sobre la histeria, desde el caso Ema hasta Elizabeth von R. Lo conocemos perfectamente, cómo Elizabeth von R estaba enamorada de su cuñado, y no solo eso, sino que quería que la hermana se muera para quedarse con el cuñado, pero a cambio de eso hay una represión de ese amor al cuñado, en el lugar del amor al cuñado aparece el dolor en la pierna, y el temor a dar el mal paso como dice Freud, en el caso de Elizabeth.

                Hoy los diques psíquicos que contienen la pulsión, como la vergüenza, se han desdibujado. La adaptación del sujeto a la cultura entonces corre cierto peligro. La vergüenza es un índice de la división subjetiva, es un testimonio del propio inconsciente. Estamos en una época de la desvergüenza, más bien da vergüenza sentir vergüenza, porque hay que mostrarse cómo uno es, hacer saber hasta a las piedras cómo se es, qué se está haciendo a cada momento. Las banderas feministas, el “sean ustedes mismos”, el orgullo del ser, y en ciertos casos confrontar al sujeto con la angustia suscitada por la vergüenza, provoca la división del sujeto, provoca un sujeto del inconsciente.

                Los síntomas clásicos, producto de la represión y del retorno de lo reprimido, dieron lugar a estos síntomas que son sin conflicto, síntomas mudos, que no hacen demanda, por eso en general los sujetos que han intentado suicidarse van llevados por otros a la consulta. Están habitados por un goce liberado de culpa, no hace síntoma para el sujeto, por eso la transgresión no es necesaria, lo que viene a ese lugar es la búsqueda del limite, que con frecuencia lo pone el cuerpo cuando el sujeto queda tirado por las pastillas que ingirió o queda lastimado por el ahorcamiento que se practicó.

                Freud (2011) dice que la civilización se edifica sobre la renuncia a lo pulsional. La renuncia a lo pulsional obliga a la sublimación, por eso la represión está siempre relacionada con el origen de la cultura, pero la represión no es totalmente lograda, entonces da lugar a la clínica del retorno de lo reprimido, a los síntomas clásicos que se desencadenan por el retorno de aquello que, de lo pulsional, se resiste a someterse al ideal y a la cultura. En cambio, en la actualidad, los grandes relatos, los grandes nombres del padre, ya no existen. Los ideales dejan su lugar a un goce sin represión, y por eso el problema fundamental del siglo XXI es que la represión no es central a nivel de los síntomas. Las patologías que recibimos en el consultorio no son ya las neurosis producidas por la represión de la libido, sino que recibimos patologías por la impulsividad, producidas por el empuje al simplemente hazlo. El “Just do it” de Nike, o el “nada es imposible” de Adidas. Patologías del paso al acto.

                En fin, no podemos decir que hay un goce antiguo y un goce contemporáneo. Pero, hay una invitación a gozar, un operativo sin escrúpulos, sin inhibiciones, hay una invitación a que cada uno goce con el aparato a disposición, que en otros tiempos eso podía ser llamado perversiones, hoy se presenta como desafío a la muerte, como ir hacia los límites de la vida para probar sobrepasarlos.

De la hipermodernidad al discurso capitalista

                Como señala Assef (2013), la esencia de la subjetividad de nuestra época es, como lo revela Gilles Lipovetsky, la hipermodernidad, a la que conviene, como decía Lacan, que el analista pueda unir su horizonte. Lipovetsky, es un sociólogo muy conocido, sacó un libro llamado Tiempos hipermodernos, parafraseando a la película de Chaplin “Tiempos modernos”. En este libro Lipovetsky avanza un paso más de lo que había propuesto Jean-François Lyotard cuando había propuesto la condición posmoderna. Lipovetsky (2006) dice que ya no estamos viviendo en la posmodernidad, que la posmodernidad ha sido un tiempo de pasaje, de un orden discursivo que llamamos modernidad y que se caracterizaba por la preponderancia en la fe en el Otro, encarnado ya no por el ideal del rey o de la religión, sino por el ideal de la ciencia. Había una profunda confianza a los ideales de la modernidad, a los principios de la revolución francesa, de la constitución americana, de la declaración de los derechos humanos. Todo eso, apoyado en la idea de progreso, o sea el progreso de la ciencia, eran los ideales de la modernidad.

                Los ideales de la modernidad se terminaron de romper con la shoá. La shoá fue la puesta en escena de que todos los principios de la modernidad se pueden poner al servicio de lo peor, se pueden construir cadenas de aniquilación de seres humanos que van a ser procesados, luego con sus restos se harán objetos de consumo, se consumirán por otros sujetos. Agrupar humanos en guetos, trasladarlos en cadenas de transporte, como eran los trenes, llevarlos a un campo de procesamiento donde se les extrae hasta su última fuerza humana en trabajos de cantera y, cuando ya nada queda de fuerza humana, se los procesa y se los transforma en alfombra, jabones, o lo que fuese. Es el fin del sueño moderno. A partir de ahí se empieza a hablar de posmodernidad (Assef, 2013).

                Lyotard (1989) define a la posmodernidad como la caída de los grandes relatos, la caída del Otro. Es cuando el sujeto, cuando la historia, ha desmontado cualquier esperanza en el gran Otro, que representaba la religión, el rey, la ciencia, el progreso, y el sujeto ha quedado errante. Lo que viene a decir Lipovetsky (2006) es que la posmodernidad fue un estado de transición y lo que vivimos hoy es el lugar al que llegamos. A esa transición le llamamos hipermodernidad dice Lipovetsky.

                Lacan (2012b) anunciaba ya el principio de la hipermodernidad cuando dice que asistimos a un momento donde el objeto está en el cenit social. El cenit es el punto más alto del cielo, donde está el sol, lo que ilumina el plantea, ese sería el punto cenit. Desde allí se irradia lo que ilumina al planeta. Lo que Lacan plantea es que hoy es el objeto lo que está en el punto máximo del cenit social. Esto se liga a la lógica del objeto, no del significante. Miller (2004) dice que tenemos que localizar allí el principio de la hipermodernidad. Ese principio es lo que Lacan (2012b) anunciaba como el ascenso del objeto al cenit.

                Y ahí entra el capitalismo. Se hace lo imposible para alcanzar el objeto, el sujeto se desgarra por alcanzar el objeto y, cuando lo tiene, ya no lo desea, lo descarta. La respuesta del capitalismo es la novedad, es decir, otro más, uno nuevo, y entonces quiero otro, y otro, para restablecer el agujero y satisfacerlo fallidamente, una y otra vez, porque sin vacío de existencia, sin hueco en el saber, sin desconocer algo del ser, no se soporta la vida. Hace falta restablecer, cada vez, el agujero, para entonces poder seguir deseando. Mientras más consumo, más vacío. El problema no es si ese vacío se taponó con otro objeto del mercado, sino si ese vacío falta. Es lo que Lacan (2007b) situaba como la falta de la falta. Este es el nombre de la angustia contemporánea.

                Lacan (2013) afirma que estamos en la época en que reina el capitalismo por estar estrechamente unido al ascenso de la función de la ciencia. Entre el discurso de la ciencia y el capitalismo han producido una suerte de unidad que ha provocado una revolución. Mientras más revolución más claro se hace que quien debe regular no regula, que el Otro no existe. La apuesta de Lacan no es la de entrar en la reforma, porque la protesta es lo que más le conviene al sistema capitalista. Más le conviene porque evidencia la inexistencia del Otro que regula, y produce pérdida de goce que busca ser recuperada en la compra y venta de los objetos del mercado. Que no exista un Otro deja más allanado el lugar para que el capitalismo ofrezca sus productos que, imaginariamente, son el camino a la felicidad, al éxtasis.

                Se trata, como dice Laurent (2016), del falso ideal de hedonismo al fin feliz que no produce alegría de vivir. La sociedad del consumo se caracteriza por querer saber nada del deseo. Para querer saber algo del deseo hace falta un Otro. Pero, en la hipermodernidad lo único que hace falta es tener la última de las fabricaciones del mercado: el último Iphone, la última Harley Davidson, la etiqueta de Marlboro, las últimas zapatillas de marca. Si se tiene ese objeto del mercado, ya no hace falta el Otro. El sujeto adicto al objeto, porque el objeto se ha elevado, como dice Lacan (2012a), al cenit social.

                No cesa la persecución por estos objetos que se presentan como lo subyacente a la causa del sujeto. Por eso en el discurso capitalista encontramos en el lugar del agente al sujeto dividido que se dirige al saber o sea a los productos del mercado a los que les subyace el objeto. Esos productos causan el deseo porque el enlace con el sujeto dividido es posible. El capitalismo deja sin consistencia al Otro (de los significantes) y empuja a gozar al infinito en la compra de estos productos que representan la inexistencia de la pérdida del resto residual. Y, cuando ya no se sabe a qué santo encomendarse, se compra cualquier cosa dice Lacan (2012b).

                El discurso capitalista es poderoso porque funciona como el sujeto: evitar la pérdida de goce al buscar recuperarla. Por eso, dice Lacan, la reforma hará que los efectos se agraven cada vez más. A diferencia de los otros cuatros discursos formulados en el seminario 17, el capitalista forcluye la castración, elude la pérdida. Para eso, tiene que ser infinito, tiene que empujar a gozar. Marx lo articula como plusvalía. Para Lacan (2008a) es la pérdida que a la misma vez designa lo que se intenta recuperar. Siempre hay objetos nuevos que organizan la vida, distintos, con los que se tenga la ilusión de poder recuperar algo de lo eternamente perdido, entonces tenemos la repetición para recrear algo de eso perdido. El problema es cuando esto toma la forma de la compulsión, cuando no se puede parar, entonces termina en sobredosis. Por eso, Lacan dice que al goce se entra por las cosquillas y se acaba en la parrilla.

¿Qué hay de nuevo en el amor en esta época hipermoderna y capitalista?

                El amor también ha entrado en la serie del objeto descartable. Hoy, enamorarse no está bien visto. Hay algo de vergüenza en enamorarse en esta época. Cuando se le pregunta a los jóvenes si están enamorados algunos dicen: “¡naaa!”. No se reconocen en eso. El objeto de amor pasa a ser un objeto descartable, que se puede conseguir en las redes sociales como en la góndola del supermercado, incluso se puede buscar con ciertos filtros. El amor pasa a ser un objeto de consumo, descartable y, al mismo tiempo, también un objeto en reserva, cuando un sujeto tiene a tres o cuatro en Tinder.

                Sin embargo, aún recibimos en los consultorios sujetos que sufren por amor, que hablan de amor, es decir que, todavía con todo esto, prevalece la aspiración amorosa, pero se vuelve más difícil de concretar. El obsesivo, por ejemplo, cuenta los encuentros, ¿cuántos encuentros en el último tiempo? La histérica se queja porque no encuentra pareja, dice que entró a Tinder, pero lo único que quieren es tomarla como un cuerpo, es decir, se queja de que la quieran para tener sexo. La histérica revela que el sexo no está entre las piernas, sino entre las palabras. Finalmente, lo que se verifica, es que todos se quejan por amor.

                Las mujeres después de los 30 muchas veces vienen a consultar si van a congelar óvulos, si van al banco de esperma, si quieren soportar a un hijo sin un hombre que les complique la vida, si tienen deseo de ser madre, en fin, se vienen a preguntar ¿qué les pasa con la maternidad? Caídos los mandatos, caído el Gran Otro que determinaba qué era ser mujer, las cosas del amor revelan la apertura de algo inédito, algo en relación con las soledades. Y en esto ha tenido mucho que ver el avance de la ciencia en alianza con el capitalismo. Basta comprobar el aumento de cirugías estéticas, quizás para intentar rellenar el lugar del vacío existencial.

                Lo que es indudable es que los objetos del mercado se han multiplicado, y el uso que el sujeto hace de eso, o más bien cómo eso usa al sujeto, es interesantísimo, porque hay pacientes que no se animan a encontrarse con una mujer si no tienen la sustancia en el bolsillo, y pueden ser muy neuróticos, pero necesitan el objeto en el bolsillo. Algo que les haga sentir que van a poder soportar el encuentro. El mayor consumo de internet está en la pornografía. No puede ser más claro: el mayor síntoma de la época es el no encuentro con el cuerpo del Otro.

                Hay una muñeca que se llama Harmony, de una firma californiana, que busca cruzar la frontera, al fusionar inteligencia artificial, programación con distintos avances técnicos, que resulta en una muñeca inteligente. Si bien ya existía el robot humanoide, esta tiene la particularidad de no solo tener relaciones sexuales, sino que combina sensores táctiles, calentadores, interfaz de realidad virtual y aumentada. Se pretende dar origen a una nueva generación de objetos sexuales hiper realistas que reaccionen al tacto, a la interacción humana; tiene la capacidad de escuchar, de recordar, de hablar con naturalidad, como una persona. Se puede programar para que hable y para que no hable. En una entrevista (Conclave Mumbai, 2019) donde la conductora le dice que el sexo es dar y recibir, y le pregunta a la robot ¿vos podes alcanzar el orgasmo? La robot contesta: si tocas el botón correcto sí. El creador dice: si la naturaleza no ha podido crear la mujer perfecta, la ciencia sí lo ha logrado. La fábrica californiana le abre una cuenta en Tinder, y en minutos consiguió miles de pretendientes. Lejos de que la gente salga espantada por el hecho de ser un robot, al contrario, ¡tuvo más éxito que cualquier mujer que se ponga en Tinder!

                Una era en la que el partenaire gadgets reemplaza al partenaire síntoma bastante mejor, donde la dependencia de los objetos marca una clínica de síntomas vinculados a la dificultad de la separación, más vinculados al narcisismo, a lo infantil. Los fármacos, los ansiolíticos y los antidepresivos, son los objetos de la ciencia más vendidos, porque justamente la depresión se ubica en el 25% de la sociedad. El sujeto actual puede prescindir del Otro y entra en una relación directa con el objeto. Esto es lo que el psicoanálisis ubica del lado de la adicción.

La época de la adicción generalizada

                En las adicciones hay el intento de obtener la satisfacción en la sustancia, en los objetos tecnológicos, como un intento de suplir la imposibilidad de la satisfacción plena. La ansiada búsqueda del objeto que tapa la boca. Por eso, los nuevos síntomas son mudos. Y los goces solitarios son los que proliferan. Lacan (2008b) habló del goce del idiota, es el goce del uno mismo, lo ubicó también en la ética del soltero (2012a).

                El sujeto le demanda al mercado, le demanda a la ciencia, que cumpla con la promesa de felicidad, y lo que obtenemos como resultado es la depresión generalizada, porque se espera que se otorgue esa felicidad, recordemos la propuesta del capitalismo: hay objetos para la satisfacción, ese es el fantasma del capitalismo, hay objetos en el régimen del tener, pero encontramos que son objetos descartables, que generan angustia.

                En este escenario nace la proliferación de psicofármacos que están al servicio de combatir ese malestar, y el hedonismo del que habla Laurent (2016, 2008) es la otra cara de la pulsión de muerte, porque es el empuje al goce más allá del principio de placer. Es decir, que el límite del hedonismo es la muerte misma. Antes de que los hospitales estén llenos de enfermos de COVID, estaban llenos de comas alcohólicos. Son modos de suicidarse.

                Las adicciones son el fracaso del principio de placer, porque el principio de placer, lo dice Freud (2012a), incluye el límite. El principio de placer, tal como lo describe Freud, busca la homeostasis. El hedonismo, en cambio, busca un más allá del principio de placer, que Lacan nombró goce. Placer es un vaso de vino, goce es toda la botella.

                Hoy la adicción viene pegada en el discurso. Hay algo del discurso común que inunda los medios gráficos, los diarios, donde aparece mucho la forma “me mata tal cosa”, “mató tal otra”, “doy mi vida por eso”, “¡esto es una bomba!” para designar no solo algo asombroso, sino también algo que cayó mal, y esto va en aumento en los últimos años. Pacientes que se presentan con adicciones al trabajo, a las series, al sexo, a ir de compras, al juego. Hay algo que entró en la cultura con ese significante, adicto, como carta de presentación, y lo preocupante es que el sujeto no se lo cuestiona.

                Síntomas que quizás son mas antiguos, pero que antes tenían otro nombre, hoy se nombran como adicciones, lo cual supone la estricta obligación de gozar por la vía oral: comé, bebé, comprá. El imperativo del discurso del amo está en relación a estas formas nuevas sintomáticas bajo el nombre adicciones. La adicción es el reemplazo del gran Otro por el objeto. Las publicidades se valen de eso, de cómo el objeto tapa al Otro, por eso los objetos son mudos, y los goces son solitarios, y proliferan. Se trata, indican Miller y Laurent (2005), de la era toxicómana.

                Se podría hablar del triunfo de la época cínica, donde hay un ocaso de la sublimación. La sublimación implicaba la desviación en el camino hacia la satisfacción del objeto, la represión. Pero la sociedad actual, a diferencia de la sociedad victoriana que tenía un peso en los ideales, que luchaba, por ejemplo, contra la masturbación, no dejaba el camino libre al goce. Finalmente, se podría decir que la masturbación es la actividad cínica por excelencia, porque permite un goce separado del Otro. Se trata de la época de los goces que prescinden del Otro. 

                Como dice Laurent (2008), la sociedad actual es una sociedad del hedonismo conformista de masas. Tiene una pasión por los objetos propuestos por el mercado. El mercado ofrece todo el tiempo estos objetos, plus de gozar, que borran la singularidad bajo el lema de un “para todos”. Se trata de una paradoja que supone que estamos acompañados por estos objetos, es decir, la universalización del objeto, pero estamos solos. Por eso, el síntoma de la época es las soledades (Laurent, 2013).

De la tristeza a la depresión

                La depresión es el motivo habitual de consulta hoy. Se trata de una enfermedad, podría decirse con Freud (2012b), en tanto que el duelo es un estado normal. Según Freud quien está triste siente una profunda y dolorosa desazón, puede sentir una pérdida de interés por el mundo exterior, una pérdida de la capacidad de escoger un nuevo objeto de amor -en remplazo del llorado-, un extrañamiento respecto de cualquier trabajo productivo, y a veces incluso la pérdida del apetito. Pero, un cuadro así no es un estado patológico, por lo tanto no debe conmoverse, no hay que cuestionarlo, no es conveniente intentar que esa persona triste retome su vida normal. Si bien la persona que transita un duelo nada deja para otros propósitos y el duelo absorbe su yo, un estado así no es enfermo, sino que es un afecto normal, que debe transitarse (Freud, 2012).

                En cambio, en la melancolía, término de Freud que hoy puede entenderse como estado de depresión, está el mismo cuadro de tristeza antes mencionado, pero se le agrega algo más, una rebaja en el sentimiento de sí. El depresivo se auto reprocha, se auto denigra, y puede llegar a extremarse hasta una delirante expectativa de castigo. El yo del depresivo se rebaja notablemente, se empobrece, dice que es indigno, que es despreciable, se hace culpable, se justifica la humillación para sí mismo, se somete a una extrema necesidad de castigo, cede ante la presión de una instancia moral hipersevera, se hace víctima de la crueldad de su propio superyó y no tiene vergüenza en desnudar en público esa pérdida de respeto por sí mismo.

                En la depresión, dice Freud, existe un vínculo con la etapa oral de la libido, etapa en la cual el ser humano es dependiente de otra persona que le provee la satisfacción de sus necesidades. En ese acto de ser nutrido, hay un sentimiento de devorar, de comer de manera no civilizada de la fuente de alimentos que esa persona provee y de esta manera asegurarse la identificación. Se apropia del cuerpo del otro proveedor para tratarlo con hostilidad, para devorarlo, es decir, come al otro como objeto y lo incorpora al sí mismo.

                Veamos cuánta similitud hay entre este devorar y la manera en que el sujeto se relaciona hoy con el objeto de goce. De tal modo, la libido en vez de colocarse en una persona externa y diferenciada de su propio cuerpo, se reemplaza por una identificación a la instancia más severa del alma, la moral, instancia que lo terminará devorando a sí mismo. Así, la instancia crítica ha tomado por objeto al yo, la sombra que dejó la pérdida del objeto ha caído, con toda su fuerza, sobre el yo, indica Freud. Lo que se revela para el melancólico es que la hostilidad que dirigía al objeto se vuelca ahora al yo como objeto de hostilidad. El sufrimiento por vivir castigado es insoportable y piensa en el suicidio.

                La persona que piensa en el suicidio, dice Freud, no lo hace por no tener sentido su vida, o porque no puede superar alguna pérdida que ha tenido, como se piensa comúnmente, sino que muchas veces lo hace porque está tomado por un intenso sentimiento de culpa. Son personas tomadas por la mayor severidad con la que opera la instancia más cruel y crítica de nuestro ser. La depresión es entonces una enfermedad. Lo enfermo en la depresión está dado por el componente inconsciente de castigo que hay en el superyó que se encuentra causando la perturbación del sentimiento de sí.

                El superyó en Lacan (2007a) es goce, no es el límite que Freud situaba en el superyó como heredero del complejo de Edipo. Para Freud el superyó dice no a los goces posibles, y para Lacan es un imperativo de goce. Si el superyó freudiano exigía la renuncia, el superyó lacaniano es un imperativo a gozar. Es lo que sucede en la época actual. La satisfacción es lo que pasó a ser un deber. Por eso las formas sintomáticas del malestar en la cultura hoy tienen que ver con las prácticas del goce. La bulimia, la obesidad, el alcoholismo, hasta el suicidio, patologías ligadas al narcisismo, cuántos likes, cuántos aplausos, corazones, cuántos emoticones, en fin, no son patologías del menos de goce que introducía la represión en los historiales freudianos. Son nuevas patologías, del “Just do it”, del sin culpa. Porque la culpa se liga al ideal, y a la deuda simbólica.

                Lacan (2007a) dice que la clave de la depresión es ceder, es abandonar el deseo inconsciente, es lo que hoy pasa, el sujeto abandona el deseo de saber, prefiere gozar. Así se presentan muchos sujetos, “yo tengo una depresión” es casi una muletilla, “estoy deprimido”, “soy depresivo”, “¿no será que estoy deprimido?”. Y la medicina es cómplice. Los médicos prescriben medicamentos para cualquier cosa. Cortaste con la chica que te veías hace tres meses, cualquier pequeña pérdida, ya es el pasaporte a recibir, por parte del médico, un antidepresivo, como si no hubiese lugar para la tristeza.

                Así, en la hipermodernidad no hay lugar para la tristeza. La tristeza es normal, el duelo que hay que hacer, como decía Freud (2012b). Pero eso hoy es insoportable para todos. Es insoportable sentir. Las píldoras te anestesian el sentimiento. Tanto que no te dan ganas ni de tener sexo. El Prozac, por ejemplo, empuja a no sentir. Y la depresión, es el nombre de la imposibilidad de sostener el imperativo de felicidad. Cuando no estoy allá arriba, entonces deprimido. Hay que ser feliz, todo el tiempo. Se trata de un rechazo a la tristeza.

                A los jóvenes se los empuja a la felicidad. Ellos están cada vez más liberados en sus obligaciones. El Otro se distancia cada vez más y le deja al joven la tarea de ser feliz. Mientras más se afianza la idea de “eres libre”, más crece la idea de “ser feliz”. Se trata de la obligación de ser feliz, lo que antes, para la religión, era “debes vivir”. Pero es un debes vivir con la dirección hacia el Otro fallida. Los jóvenes se encuentran solos y perdidos en una perspectiva en la que se ven “sin futuro”.

                Es como si se le dijera al joven “no tienes motivo para suicidarte, si lo tienes todo”. Tener todo es tener nada. Sentir que se tiene todo produce angustia, porque taponar la falta con cosas genera la necesidad de restablecerla. El ser humano necesita que algo falte, para seguir buscando. Si la falta se acaba, se acaba el deseo de buscar. La falta es deseo, y el deseo es deseo del Otro, decía Lacan. Si no hay falta, no hay Otro.

                La obligación de ser feliz es una obligación muy pesada. Justamente, si no se llega a alcanzarla la culpa es muy grande. Dado que se es libre no se puede acusar a nadie más que a uno mismo. Y como no conseguí ser feliz, o bien, siendo realista, como se me presentó en algún momento una frustración, entonces tengo la culpa.

                Los jóvenes están impacientes, apurados. La época los apura, les dicta cómo deben gozar. El ejemplo del joven que se suicida en la película “La sociedad de los poetas muertos” que protagoniza Robin Williams por no querer ceder ante el ideal, que no proviene de sí mismo, lo termina aplastando. El suicidio entre los jóvenes es entonces un fenómeno que bien puede ser leído como respuesta a lo que la misma sociedad del consumo condena en sus propios jóvenes, que de hecho son su futuro.

Conclusión

                Se ha revelado una diferencia entre la manera en que se vivía en la antigüedad y la manera en que se goza en la actualidad. Se ubicó que en la antigüedad los síntomas estaban en relación con la represión, con la prohibición, la sofocación, la creencia en ideales que producían confusiones y alejamientos de su propio ser; mientras que en la actualidad los síntomas están en relación con el libertinaje, con la obligación de goce, con el empuje a la satisfacción que lleva las cosas hasta la sobredosis.

                Se descubre en la actualidad la participación del goce masturbatorio en su alianza con el capitalismo como peligro de los síntomas contemporáneos. La época de las adicciones, la caída del Otro, afecta a la vida humana y produce soledades. La época actual podría hacer este pasaje de las obsesiones causadas por los excesos de represión hacia las adicciones y las impulsiones que promueven mayores estados depresivos.

                Se concluye que los síntomas contemporáneos están ligados a la depresión, por el exceso de goce, donde el Otro no existe,  y el cuerpo se desregula. El aporte fundamental de este trabajo es revelar este cambio de época y su incidencia en la clínica para poder ubicarse en la dirección de la cura haciendo, el analista, los intentos para introducir un Otro en la vida de los sujetos solos.           

Referencias bibliográficas

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