El imperio de la imagen

The empire of the image


Datos de autores

Elsa Emmanuele

Doctora en Psicología UNR (2005) Posdoctorado Centro Estudios Avanzados UNC (2012) Profesora Titular Regular – Docente Investigadora Cat I SPU, ME (desde 2004, cont.) Directora de Doctorado en Psicología (desde 2011, cont.) Facultad de Psicología, UNR

elsaemmanuele@hotmail.com

Alejandro Martín Contino

Psicólogo y Profesor en Psicología (2006) UNR – Especialista en Psicología En Educación (2015) UNR – Doctor en Psicología (2016) UNR. Actualmente, cursante de Posdoctorado de UNR – Docente e Investigador en Facultad de Psicología UNR y en IUNIR

martincontino@gmail.com

RESUMEN

El texto es producción parcial del Proyecto de Investigación Cód. IPSI400 (2018-2021), SCyT Facultad de Psicología UNR, titulado Diversidad de violencias. Lecturas desde Foucault, bajo dirección de Dra. Elsa Emmanuele

Se despliega una lectura crítica de la actual situación tanto nacional como mundial derivada de los permisos y prohibiciones que se imponen ante la existencia y expansión de un virus que amenaza la salud de la población. Se vale tanto de obras de autores relevantes como de noticias periodísticas.

Palabras Clave: Imperio – Predominio – Imagen –

ABSTRACT                                      

The article is a partial production of the Research Project Code. IPSI400 (2018-2021), SCyT Faculty of Psychology UNR, entitled Diversity of violences. Readings from Foucault, under the direction of Dra. Elsa Emmanuele

A critical reading of the current national and global situation is displayed, derived from the permits and prohibitions that are imposed in the face of the existence and expansion of a virus that threatens the health of the population. It uses both works by relevant authors and journalistic news.

Key words: Empire – Predominance – Image –

 

El imperio de la imagen

En los inicios de la década de los `90, Roberto Follari –Doctor en Psicología desde 1995 y experto en Epistemología de las Ciencias Sociales– ya advertía que el predominio de la cultura de la imagen transforma la realidad “en una copia pobre de lo que muestra la pantalla” (1993: 87).

La sociedad actual está cada vez más regida por la influencia abrumadora de los medios, sobre todo los visuales: la televisión y el video orientan la composición de significados, las representaciones que nos hacemos de la sociedad (…) la imagen pasa a primer plano en su rol de componer nuestra concepción de la realidad (…) Estamos situados ante el hiperrealismo de la imagen, ése que muestra lo real como derivado (Follari, 1993: 87)

Unas páginas más adelante, el autor presenta un conjunto de propuestas diferentes a modo de estrategias convergentes, a fin de enfrentar “una época en que ya estamos colocados en situación defensiva y desfavorable” (p. 90). Entre otras, afirma la imperiosa necesidad de “recuperar el contacto comunicativo cara a cara” en virtud de que “los medios (…) se han vuelto omnímodos”.

Resulta bastante lamentable reparar en que no sólo han transcurrido veintiocho años desde aquellas reflexiones, sino que, además -dada la peligrosidad de un virus que recorre el planeta- el magnate Bill Gates nos habla y aconseja sobre el tema como si se tratase de un experto del área Salud. Por si fuera poco, también difunde en algunos periódicos la cantidad de años que ha de perdurar. He aquí, una de sus predicciones:

Gracias a las vacunas contra el coronavirus, a finales de 2022 podremos terminar esta increíble tragedia y volver completamente a la normalidad”, afirmó durante una entrevista para los medios polacos Gazeta Wyborcza y el canal de televisión TVN24 de ese país. [Consulta: 26-03-2021] Disponible en La Nación [en línea]

La noción de imperio es tan antigua como la humanidad misma. La acción de imperar remite al acto de mandar sobre otros, ya se trate del ámbito de las relaciones internacionales, potencia hegemónica y su zona de influencia, o bien, sencillamente de una determinada hegemonía con aires de autoridad y predominio de algo en algún lugar, en alguna época. Su procedencia del latín imperāre alude claramente a un modo de ejercer el poder [Consulta: 26-03-2021] Disponible en https://dle.rae.es/imperio [en línea]

Si bien en este mundo globalizado, las fronteras territoriales entre países hoy se abren o se cierran acorde a la situaciones político sanitarias, la pantalla es un mundo infinito completamente ajeno al tránsito social real. Solo requiere inversiones -ya sean hogareñas o empresariales- en servicios y tecnologías que no por azar, pertenecen a grandes y oscuros monopolios.

El predominio de una cultura de la imagen no sólo da lugar a otros modos de pensar y posicionarse frente al mun­do, la vida y sus vicisitudes, sino que -además- instaura una dudosa economía política en el vasto territorio de la educación formal, tanto a nivel privado como estatal. En algunos niveles de la enseñanza, la mantención edilicia, por ejemplo, puede quedar liberada de algunos gastos a cambio de que sus docentes permanezcan mayoritariamente en sus hogares, sentados frente a una pantalla que forma parte de su vivienda y su mundo privado.  

Vale quizás advertir -bajo sospecha- un notable incremento en la invención de carreras de nivel terciario y/o de nivel universitario, ya sean de grado como de posgrado -Diplomaturas, Especializaciones, Maestrías, Doctorados, Posdoctorados- dictadas a distancia ilimitada. Al parecer, la vía virtual excede la urgencia del cuidado de sí ya que se encamina -pese a las virtudes que puede tener- hacia la transformación de un negocio tan globalizado como redondo.  

Imagen y biopolíticas

Todavía aturde y estresa aquel slogan repetitivo -difundido en esta ciudad- durante casi la totalidad del año 2020: ¡quédate en casa!¡quédate en casa!¡quédate en casa! ¡quédate en casa! Quizás se ha considerado obvio que toda la población -sin excepción alguna- posee una casa. Tiempo después, la realidad ha ofrecido suficientes evidencias de que aquella orden no era posible de obedecer. Es que existen tantas desigualdades como singularidades.

Algo equivalente ha sucedido con la clasificación biologicista basada en edades cronológicas para delimitar lo permitido y lo prohibido. Foucault (1966: 87) afirma que

el capitalismo (…) socializó un primer objeto, que fue el cuerpo, en función de la fuerza productiva, de la fuerza laboral. El control de la sociedad sobre los individuos no se opera simplemente por la conciencia o por la ideología, sino que se ejerce en el cuerpo, con el cuerpo. (…) El cuerpo es una realidad biopolítica; la medicina es una estrategia biopolítica    

La noción de biopolítica ocupa sitio relevante en los debates de la filosofía política. Si bien no remite a un concepto único, biopolíticas alude en términos generales, a estrategias colectivas y poblacionales ejercidas desde poderes políticos que toman por objeto la vida misma de los humanos.

Sin duda la multiplicidad de tecnologías vigentes de normalización y sujeción social amerita interrogantes sobre las políticas públicas regionales y nacionales, los propósitos del Estado, los Discursos Sociales que ponen en circulación tanto las diversas objetivaciones sobre la vida humana como los modos en que se debe o se debiera vivir.

Y en los vaivenes de nuestro tiempo, las biopolíticas se expanden en el tejido social atravesando un sinfín de problemáticas: sexualidades, saludes, infancias, pobrezas, juventudes, integraciones, enfermedades, criminalidades, inseguridades, etc. que recaen sobre cuerpos así agrupados, seleccionados y segregados. Paradójicamente, los tiempos de la diversidad fabrican nuevas homogeneidades y nuevas sujeciones identitarias mediante invenciones de agrupamientos que a veces derivan en nuevos estigmas. (Emmanuele: 2014, 2-3)

En la actualidad se observa un fenómeno absolutamente singular: comienzan a verse las primeras generaciones en la historia de la humanidad que ya casi desde los primeros años de vida, tienen más interacciones con máquinas -dispositivos y aparatos electrónicos- que con otros seres humanos. Esto implica que se estarían dando procesos de subjetivación mediados por la frialdad del espejo negro de los aparatos tecnológicos, más que por la calidez afectiva de otros seres humanos (Ierardo: 2018). Esta situación inédita promueve significativas transformaciones que se pueden observar a nivel del uso de la imagen, del lenguaje y de la información.

Por ejemplo, para la actual generación, denominada por Berardi generación celular-conectiva (2007), lo que acontece en el mundo virtual de las redes sociales, deviene más prioritario que las cuestiones que se producen en el ámbito físico o real que habitan, o que afectan a quienes conviven con ellos. De este modo, el sueño de muchos niños, niñas y adolescentes en el siglo XXI, es adquirir el estatuto de influencer, youtuber, gamer, instagramer, tiktoker, etc. de manera de ser reconocido sin fronteras geográficas, como habitantes del mundo -virtual- capaz de sumar cientos de miles o millones de seguidores, de ser reconocidos por todo ello, de generar ingresos económicos con esta actividad, y de tener una cierta influencia en sus seguidores.

Sin embargo, esta primacía de la imagen no es tan novedosa, tampoco es original del uso de internet y de las redes sociales. Ya desde la década del ´60, Debord (2018) la situaba en relación a la televisión. El mencionado filósofo y cineasta francés afirmaba que con el capitalismo se pasó del ser al tener, pero con el uso de la imagen como mediadora entre los seres humanos, se pasó del tener al parecer.

Ahora bien, se pueden señalar importantes diferencias entre la televisión de mediados del siglo XX y las nuevas tecnologías de información y comunicación dependientes de internet del siglo XXI: se trata de la vertiginosa velocidad con la que estas últimas imponen desde las distintas aplicaciones. Las potencialidades de seducción de los medios tecnológicos conllevan modos, enunciaciones, estilos, apremios, coerciones, que terminan atravesando el deseo y la sexualidad, haciéndolos instancias efímeras, sobrecargadas de ansiedad y voracidad, obstaculizando la potencia que tiene el encuentro físico con el otro (García: 2019).

A partir de las nuevas tecnologías, de internet y de un exceso de redes sociales, tanto el uso del lenguaje como de la imagen se han modificado profundamente con respecto a otras épocas. Los ejemplos abundan. Desde redes sociales diseñadas exclusivamente para postear imágenes; aplicaciones destinadas a seleccionar personas para posibles encuentros sexuales solamente a través de exposición de fotografías -autofotos, tomadas por uno mismo- denominadas selfi –selfie o selfy en inglés-, ofrecimientos profesionales dedicados a limpiar o ensuciar el prestigio de una persona, hasta el reconocimiento facial mediante cámaras de videovigilancia en ámbitos públicos. Al parecer, “el siglo XXI es el siglo del Homo selfie” (Smud: 2020)

Una sociedad que pone la cara hasta para ir de compras, que sabrá quién es cada uno, qué ha hecho cada uno, qué compra cada uno, una sociedad que se podrá compartimentar, separar en celdas según diferentes perfiles de identidades virtuales y comerciales configura el tiempo venidero (Smud: 2020)

Asimismo, en muchas encuestas políticas, se mide directamente la imagen del/a candidato/a (bajo una lógica exclusivamente binaria, ya que ésta sólo puede ser positiva o negativa), sin que se le otorgue ni lugar ni valor preponderante a sus ideas o propuestas, lo cual conlleva que los partidos políticos apuesten cada vez más a ofrecer candidatos provenientes de otras actividades diferentes a la política partidaria (periodistas, deportistas, actores, actrices, escritores, etc.), por disponer de una mejor imagen que la de cualquier político de trayectoria.

Por otro lado, estas mutaciones a nivel de las tecnologías implican que todo material publicado en internet, obtiene más repercusión mientras más breve y contundente sea; es decir, mientras menos invite a reflexionar y más conduzca a generar un impacto en las emociones (Harris: 2018). Se crea un terreno propicio para el posteo y la circulación (que puede devenir viralización) de imágenes casi sin palabras, gif, memes, y que supuestamente no necesitan explicación ni reflexión crítica, ya que presentan un solo modo de ver las cosas, generalmente reduccionista.

Los datos y la información

A cada momento, formidables cantidades de información relativa a la vida de cada usuario de las nuevas tecnologías son recolectadas de diversas maneras. Algunas veces puede deberse a la publicación en diversas redes sociales ofrecida de manera absolutamente voluntaria; en otras ocasiones se trata de la propia información que cada aparato produce con el permiso no siempre explícito de sus usuarios: ubicación geográfica, número de teléfono celular, dirección de correo electrónico, posteos, reacciones a posteos ajenos, búsquedas en internet, visualizaciones de videos, lecturas de artículos periodísticos, filmaciones y grabaciones de audio desde las cámaras y micrófonos de los aparatos, chips RFID, métodos biométricos, etc.

Se presenta entonces un escenario más pesimista que aquel que imaginó Orwell (2003) en su obra distópica titulada 1984, ya que los Estados, los servicios de inteligencia y las instancias de control ni siquiera tienen que idear formas de acceder a la información: son los/as mismos/as usuarios/as de esas nuevas tecnologías quienes desean irrefrenablemente compartir lo suyo por todos los medios digitales existentes, o bien, quienes minimizan la información que comparten suponiendo que a nadie le va a interesar, que no tiene valor, porque uno no es nadie (Peirano: 2015). Toda esta impactante cantidad de información que se produce a partir de cada ser humano, presenta un problema muy diferente del obstáculo que tenían que resolver los organismos de vigilancia y de control de mediados del siglo XX. Ya no está el interrogante respecto de cómo producir datos que constituirán la información sobre alguien, por ejemplo, cómo seguirlo sin ser percibido, cómo vigilarlo sin ser notado, cómo ingresar en su hogar para observar su estilo de vida, etc. Actualmente, el mayor inconveniente es cómo garantizar un tráfico veloz de todos los datos digitales que permanentemente se producen, hacia los servidores físicos que la almacenarán; cómo y dónde almacenar semejante cantidad de información.

A partir de allí, deviene crucial diseñar algoritmos para que la inteligencia artificial sea quien se encargue de analizar esa impresionante big data, de manera de producir la información que será por fin, susceptible de ser interpretada y utilizada por algún ser humano (Sadin: 2018). Luego se verá, por supuesto, de qué modo sacar algún rédito -económico, periodístico, político, etc.- de ese análisis de los datos y de esa producción de información.

Por ejemplo, una de las principales formas de utilización de tales referencias, remite a la presunta manipulación de la opinión pública respecto de los asuntos políticos de un país o de una región, algo que viene sucediendo en elecciones, referéndum, consultas, etc. Todo esto introduce el crucial interrogante de si internet y las redes sociales no presentan riesgos para la democracia y la soberanía de una Nación, o si, por el contrario, posibilitan su utilización para promover fenómenos muy complejos, capaces de modificar global y/o localmente la manera en la que se piensan diversos asuntos.

Eso es posible porque tanto internet como las redes sociales tienden a una producción de información a partir de los datos digitales, que es susceptible de adquirir casi instantáneamente un carácter de verdad incuestionable, simplemente por el hecho de estar en internet. Se favorece la proliferación de todo tipo de sucesos que en realidad no han acontecido, sino que han sido pensados y diseñados digitalmente de manera deliberada como noticias que, aun siendo falsas, pretenden pasar como verdaderas (fake news) o al menos, instalar alguna duda.

Una estrategia llamativamente similar a la técnica del cut-up planteada hace cinco décadas por Burroughs (S.f.) en La Revolución Electrónica. Se busca influir en la opinión de la población a partir de la dificultad o el desinterés que se genera en estos medios virtuales para discernir entre noticias con algún basamento empírico y otras directamente inventadas.

En otras palabras, se intenta imponer una lectura acrítica, basada en las emociones, planteando como innecesario todo análisis, reflexión, debate o disenso. No es casual que en el año 2019 un candidato a presidente argentino llamó a que se lo vote proponiendo que quien lo haga, no se sienta en la necesidad de explicarle al resto por qué lo hacía.

Vigilancias diversas

Las empresas que se dedican a desarrollar tecnologías de información y comunicación cotizan a valores cada vez más elevados, superando ampliamente los emprendimientos más redituables del siglo XX, tales como las petroleras, por ejemplo. El elemento que les otorga valor a dichas empresas es la información que cotidianamente brindan los/as usuarios/as de las aplicaciones, plataformas y programas que ellas mismas ofrecen, al punto de competir fuertemente por la incorporación permanente de más usuarios/as que brinden cada vez más información.

Producto de esta guerra por la información de los/as usuarios/as, los límites de la privacidad en internet se hallan sumamente vulnerados, y las empresas se asocian y se adquieren entre ellas para devenir grandes monopolios tanto de dinero como de información y control. En consecuencia, se ha ido naturalizando la incesante recolección de información de los/as usuarios/as por múltiples vías, de manera consentida o no, para ser almacenados, analizados, utilizados para personalizar la publicidad, o simplemente vendidos al mejor postor para los fines del comprador. Hasta los aspectos más íntimos de la vida de los seres humanos pasan entonces a formar parte de un tecnologizado universo de datos, almacenados en grandes servidores que no obedecen a las leyes de ningún Estado (Harris: 2018).

Claramente, la extensa temporada Covid-19 potencia el auge de la cibernética, en virtud de la prevalencia de todo lo que atañe a la tecnología computacional, sistemas de control y comunicación. Tanto la telefonía móvil como las actuales y vigentes redes sociales, constituyen verdaderos panópticos. Todo queda registrado allí.

Estudiando los orígenes de la medicina clínica; había pensado hacer un estudio sobre la arquitectura hospitalaria de la segunda mitad del siglo XVIII, en la época en la que se desarrolla el gran movimiento de reforma de las instituciones médicas. Quería saber cómo se había institucionalizado la mirada médica; cómo se había inscrito realmente en el espacio social; cómo la nueva forma hospitalaria era a la vez el efecto y el soporte de un nuevo tipo de mirada. Y examinando los diferentes proyectos arquitectónicos posteriores al segundo incendio del Hotel-Dieu en 1972 me di cuenta hasta qué punto el problema de la total visibilidad de los cuerpos, de los individuos, de las cosas, bajo una mirada centralizada, había sido uno de los principios básicos más constantes. En el caso de los hospitales este problema presentaba una dificultad suplementaria: era necesario evitar los contactos, los contagios, la proximidad y los amontonamientos, asegurando al mismo tiempo la aireación y la circulación del aire; se trataba a la vez de dividir el espacio y de dejarlo abierto, de asegurar una vigilancia que fuese global e individualizante al mismo tiempo, separando cuidadosamente a los individuos que debían ser vigilados.

Había pensado durante mucho tiempo que estos eran problemas propios de la medicina del siglo XVIII y de sus concepciones teóricas.

Después, estudiando los problemas de la penalidad, he visto que todos los grandes proyectos de remozamiento de las prisiones (que dicho sea de paso aparecen un poco más tarde, en la primera mitad del siglo XIX), retornaban al mismo tema (…). Casi no existían textos ni proyectos acerca de las prisiones en los que no se encontrase el invento de Bentham, es decir, el panóptico. (…) una verdadera invención (…). Y en efecto, lo que buscaban los médicos, los industriales, los educadores y los penalistas, Bentham se lo facilita: ha encontrado una tecnología de poder específica para resolver los problemas de vigilancia. (Foucault, 1979: 9-11)

El pasado, el presente y el futuro

En este mundo globalizado, el pasado presencial se ha transformado en un presente que muchas veces se denomina la nueva normalidad, a pesar de la paradoja que implica utilizar el concepto de normalidad para dar cuenta -al decir de Agamben- de un estado de excepción.

Cuando se habla de invención en un ámbito político, no hay que olvidar que no debe entenderse en un sentido puramente subjetivo. Los historiadores saben que hay conspiraciones, por así decirlo objetivas, que parecen funcionar como tales sin ser dirigidas por un sujeto identificable. Como lo mostró Michel Foucault antes que yo, los gobiernos securitarios no funcionan necesariamente produciendo la situación de excepción, sino explotándola y dirigiéndola cuando se produce. (…)

La política moderna es de principio a fin una biopolítica, donde la puesta en juego última es la vida biológica como tal. El nuevo hecho es que la salud se está convirtiendo en una obligación jurídica que debe cumplirse a toda costa. (Agamben: 2020)

Efectivamente, ciertas políticas de seguridad poblacional se montan en la amenaza planetaria de un virus mutante e incontrolable, factible de infinitas y sucesivas cepas, que infunde tanto el miedo a morir como el pánico de vivir, la desconfianza hacia el semejante, la incitación a vigilar, denunciar, castigar.  

Y ante la pregunta sobre ¿Cómo cree que será el mundo después de esto?, Agamben (2020) responde con inusitada lucidez:

Lo que me preocupa no es sólo el presente, sino también lo que vendrá después. Así como las guerras han legado, a la paz, una serie de tecnologías nefastas, de la misma manera es muy probable que se buscará continuar, después del fin de la emergencia sanitaria, los experimentos que los gobiernos no habían conseguido realizar aún: que las universidades y las escuelas cierren y sólo den lecciones en línea, que dejemos de reunirnos y hablar por razones políticas o culturales y sólo intercambiemos mensajes digitales, que en la medida de lo posible las máquinas sustituyan todo contacto -todo contagio- entre los seres humanos. (La cursiva es nuestra)

En esta nueva forma de vivir la vida, la pantalla y la virtualidad se ofrecen como los recursos por excelencia, que podrían suplir la riesgosa circulación real a nivel social, de manera de continuar con las mismas actividades que se venían desarrollando antes de la pandemia, aunque sea de un modo distinto. Así, se vivencia como deseable, necesario y conveniente invertir en servicios y tecnologías sin interrogar la dudosa economía política de los grandes y oscuros monopolios, que se dedican tan eficazmente a fomentar por todos los medios posibles la utilización ininterrumpida de sus productos. No solo hay que quedarse en casa, sino que -además- no habría que desconectarse nunca, ni siquiera mientras se duerme.

La vida a través de las pantallas, ha generado un predominio incuestionado de la cultura de la imagen y una primacía de lo virtual, algo que se venía insinuando desde hace más de medio de siglo, pero que se terminó de materializar en unos pocos meses a partir de los confinamientos masivos tendientes a evitar la propagación del virus -más todas las nuevas cepas anunciadas- ya que encierros, aislamientos y distanciamientos se han implementado prácticamente a nivel global. Situación que ha potenciado a su vez, la recopilación de datos y la vigilancia tanto poblacional como individual de los seres humanos, como una modalidad de producción de información que no se detiene a discriminar entre la veracidad, la verosimilitud o la falsedad de los hechos a los que hace referencia.

Una de las implicancias más riesgosas que se ha fomentado con el predominio de la pantalla y de la imagen, es un modo de transitar la virtualidad que no deja lugar al análisis, a la reflexión y al pensamiento crítico, sino más bien a la suscripción, al embanderamiento, al agrupamiento solo con quienes piensan igual que uno.

En un futuro -que en lo inmediato se perfila indefectiblemente similar o peor- habrá que pensar en favorecer modos de subjetivación que sean capaces de imaginar cómo posicionarse frente a este mun­do, más allá de la previsibilidad propia de la virtualidad acrítica de la pantalla y la imagen.

En el vasto territorio de la educación -y en la vida misma- no se puede prescindir de las experiencias concretas, del lazo social, de los encuentros reales, de los gestos corporales, las miradas y sonrisas, de los intercambios presenciales y menos aún, del pensamiento crítico frente a la realidad con sus vicisitudes, sus incertezas y sus riesgos.

En su polémica obra Las palabras y las cosas, editada en 1966, el célebre filósofo interpela la lingüística tradicional. Se vale -entre otros creadores- de Jorge Luis Borges, Diego Velázquez, René Magritte, para poner en jaque la noción de representación. Sus formulaciones con respecto a la distancia entre palabras y cosas, a la invención epistémica de esa figura del hombre como ser vivo, parlante y trabajador, al surgimiento de las Ciencias Humanas como conjunto de saberes que la microfísica del poder demanda, derivan de una brillante potenciación de las enseñanzas de sus maestros de otrora: Jean Hyppolite, Geor­ges Canguilhem, Gastón Bachelard, entre otros. (Emmanuele: 2018)

Cabe recordar un cuadro de René Magritte donde expone un simple dibujo de una pipa al mismo tiempo que lo titula Esto no es una pipa, obra que data de 1928-1929.

El propio pintor belga (1898-1967) habla de la traición de las imágenes:

¿La famosa pipa? No se cansaron de hacerme reproches. Pero ¿puede Ud. llenarla? No, claro, se trata de una mera representación. Si hubiese puesto debajo de mi cuadro, esto es una pipa, habría dicho una mentira (Paquet, 2000: 9)

El filósofo belga Marcel Paquet (1947-2014) -Doctorado en Filosofía en 1978 por la Universidad Libre de Bruselas- reproduce en su libro de impecable edición, las obras de Magritte siempre entrelazadas con la historia de vida del pintor. Incluye alrededor de cien cuadros, en color, examinando no solo su pintura, sino el mundo que lo rodea. Todos sus cuadros surrealistas transforman el orden habitual de las cosas.

Magritte mantiene inclusive un diálogo con Foucault y lo sorprende justamente a partir de su lectura y apropiación de Las palabras y las cosas. De ahí el Ensayo sobre Magritte titulado Esto no es una pipa (1981) una pequeña y contundente obra del filósofo.

Para Foucault, este ensayo sobre Magritte es una ocasión para retomar los temas de Las palabras y las cosas. De hecho, se originó a partir de algunas sugerencias del propio Magritte (como lo muestran sus cartas, publicadas como apéndice) y (…) su tratamiento sobrepasa los confines del ensayo crítico para investir “las más antiguas oposiciones de nuestra civilización alfabética: mostrar y nombrar, figurar y decir, reproducir y articular, imitar y significar, imitar y leer” (Contratapa)

Y en el prólogo del referido ensayo, Guido Almansi agrega:

Demos la palabra a Magritte: ¿Quién podría fumar la pipa de uno de mis cuadros? Nadie. (…) ¿Nada más? Pero si esto lo entiende hasta un niño de pecho enfrentado a la engañosa duplicidad de las cosas y las imágenes. (p. 18)

En Magritte las palabras y las cosas siguen desentrañándose entre sí, prisioneras de una trampa conceptual que las obliga a enfrentarse en la doble convención simbólica de la letra y de la imagen (p. 20) (La cursiva es nuestra)

Referencias Bibliográficas

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