CIRUGÍA MENOR

CIRUGÍA MENOR / MINOR SURGERY

 Ubeira Joel

 Argentino, Psicólogo. Maestrando en Psicoanálisis, Facultad de Psicología – UNR,  jcu_8@hotmail.com

Resumen

El texto parte de una pregunta empeñándose en una respuesta de tinte parcial, es decir, se deja trabajar por la noción de fantasma al tiempo que se propone tratarla a través de la unidad sintáctica por excelencia, la frase, y la detención privilegiada de diversos momentos de la vida cotidiana, esto es, la fotografía. La noción antes referida además resultará colocada en tensión con el recuerdo de manera lateral.

Palabras clave: Fantasía – Fantasma – Pulsión – Frase – Fotografía – Recuerdo.

Abstract: The text begins with a question and attempts to give a partial answer, in other words, it allows the notion of phantom to work, while at the same time it aims to treat it through the syntactic unit par excellence, the sentence, and the privileged detention of different moments of daily life, that is, photography. The above-mentioned notion will also be put in tension with the souvenir in a lateral way.

Key words: Fantasy – Phantom – Drive – Phrase – Photography – Souvenir

Al releer todo esto, advierto que no está muy bien construido. Las vigas, los tirantes y las paredes mismas están en falsa escuadra. Los cimientos se sienten frágiles. Es posible que al principio me haya equivocado y no haya cavado el tipo correcto de pozo en el suelo.

(Richards Yates. “Constructores”. Once tipos de soledad)

El dominio de la madrugada se extiende de manera irreversible, con el pulso de la decisión. La pena sobre la que se levanta emigra de sus viseras en formaciones circulares abultadas hacia el extremo inferior precipitando lentamente hacia el asfalto una caricia sin pausa. Los espasmos azotan constantemente su zona media, minutos antes el servicio de baño había recibido su visita a la espera de contener la deposición procedente de su estómago convulso. Su temperatura corporal se mostraba a todas luces elevada coqueteando con el límite del parámetro domestico ofrecido por la medición del termómetro. Su única posibilidad habría de ser ejecutada sin prestar oído a más cavilaciones. Era menester tomar la calle a bordo del auto y dirigirse al servicio de guardia del nosocomio más cercano. Como en cualquier ocasión ordinaria un residente se hizo cargo del a partir de entonces paciente. Tras un cuestionario tan breve como destinado a deslindar otras opciones de acuerdo a lo dicho por el consultante, aquel sugiere una intervención quirúrgica expedita. Hay que practicar un incisión a la vieja usanza de la cual se obtendrá la separación entre el resto de los órganos y el en adelante obsoleto apéndice.

Ante el cuadro de situación expuesto previamente interesa a este escrito plantear tres acepciones concernientes a la noción de fantasma[1] en tanto se entienda por acepción las modulaciones diversas en que el tema que aquí nos convoca es pasible de ser abordado. Siendo este el cometido de las letras concatenadas a continuación cabe decir hemos de acudir a la obra de S. Freud, lo establecido por otros analistas en su mayoría pertenecientes a la escena local, y al efecto de lucidez conseguido por Roland Barthes al usufructuar su cámara.

Procurar una inmersión duradera en el tratamiento pormenorizado dispensado por Freud hacia 1919 para con la representación fantasía, tales son sus términos, donde un niño es pegado haciendo hincapié en las variaciones que sufre su formulación por parte de los pacientes en el trabajo analítico ha de constituir el inicio de este empeño. De la reiteración de dicha fantasía se desprende una complacencia sexual autoerótica irrecusable asumiendo el estatuto de motivo. No obstante, la austeridad es la marca indeleble en las razones que de aquella ofrecen los pacientes tendidos en el diván mientras que la evocación mnémica aparejada colabora a la constitución del tendido de lo enigmático. <<Pegan a un niño>> reza al parecer la articulación del primer tiempo de la fantasía. Allí se dan cita la determinación encabalgada a hombros de quien protagoniza la escena pues quien relata difiere de aquel que es pegado, y la indeterminación al posarse sobre la persona a la cual se le endilga la acción de pegar. Atendiendo al modo en que se desanda la primera fase el psicoanalista vienes no vacila al distinguir el tinte sádico propio de esta. Diversa suerte aguarda a la segunda versión presentada cuando su contextura física manifieste una leve modificación en lo tocante al destinatario del golpe. En el enunciado <<Soy pegado por mi padre>> confluyen quien da cuenta verbalmente de la escena así como uno de sus partícipes, sentándose de este modo  una razón por la cual el tono de la construcción gramatical vira al matiz  masoquista antes desestimado de parte del propio Freud. De proseguir por escasos segundos la huella labrada por la rigurosidad que destila la pluma del autor hemos de toparnos con los rasgos que distinguen al segundo tiempo en calidad de patrimonio del trabajo analítico donde se granjea la condición de construcción. Su acaecer en la realidad objetiva burla la constatación, sus consecuencias son harto sensibles en la economía libidinal del paciente y el reservorio mnémico conmovido al enunciarla es nulo. Queda pendiente de revisión la última de las  reformulación en las que se percibe la declinación – la densidad – de la representación fantasía examinada. Desde los intersticios de la misma es posible atisbar un viso de retorno del primer tiempo debido a que una vez más la residencia de los personajes principales subidos al escenario ha de situarse en lo incierto. No ha de ocurrir lo mismo con la plaza ocupada por la persona encargada de anoticiarnos acerca de sus pormenores debido a que la misma se sitúa entre los espectadores. Lo explicitado hasta aquí puede ser el ribete por donde se cuele la inquietud de alguien que esgrima esporádicas incursiones en el seminario de  Jacques Lacan y tenga en sus manos los bordes laterales de estas páginas habilitándose a indagar si se asiste aquí a una suerte de ombligo del sueño al que se aferra el devenir objeto rastrero en el caso del sádico o bien ese operario a tiempo completo al servicio de la obtención de un goce que no es el propio, el masoca como diría Lacan (2012) en La angustia. Bien, bajo ningún punto de vista este escrito hace gala de un estilo histérico, por consiguiente no hemos de cobijar la pregunta para luego desairarla aunque más no sea con elegancia sutil que acredite tal movimiento. Sí, estoy al tanto, no se exaspere. Hay en las primeras carillas del texto con el que venimos trabajando una pendiente sugerida hacia la perversión concebida como posición ante la castración, leo

De acuerdo con nuestras actuales intelecciones, una fantasía así, que emerge en la temprana infancia quizás a raíz de ocasiones casuales y que se retiene para la satisfacción autoerótica, sólo admite ser concebida como un rasgo primario de perversión. Vale decir: uno de los componentes de la función sexual se habría anticipado a los otros en el desarrollo, se habría vuelto autónomo de manera prematura, fijándose luego y sustrayéndose por esta vía de los ulteriores procesos evolutivos; al propio tiempo, atestiguaría una constitución particular, anormal, de la persona. Sabemos que una perversión infantil de esta índole no necesariamente dura toda la vida; en efecto, más tarde puede caer bajo la represión, ser sustituida por una formación reactiva o ser trasmudada por una sublimación. (Acaso suceda, en realidad, que la sublimación provenga de un proceso particular que sería atajado por la represión.). (Freud.2007b: 180)  

En la culminación del párrafo citado, donde la cautela de Freud se agudiza a la hora de pronunciarse taxativamente si se trata o no de un guiño a considerar “de parte de” una perversión en germen anteponiendo como condición la consolidación de la misma en el tiempo y los destinos pasibles de sufrir en caso de tratarse de un suceder circunscripto en la infancia, es donde descansa el considerar pertinente remontarnos a una distancia de cuatro años en la escritura del psicoanalista oriundo de Viena pues al revisar el texto consagrado a las pulsiones y el decurso que las mismas contornean entiendo hemos de alzarnos con el esclarecimiento requerido.

La obtención de placer hace las veces de faro de la pulsión sin perjuicio de lo cual la ruta marítima a encarar se somete a la señalización realizada por ese elemento tan indispensable como fluctuante que se dice objeto. El saldo de ese fragmento de discurso amoroso como diría el ya mencionado Barthes consiste en la instauración de las zonas corporales que la puntuación de la libido torna erógenas. Ahora bien, hablar de pulsión es hablar de pulsión sexual. La misma posee diversos destinos en su despliegue de los cuales a los efectos de este escrito relevaremos la vuelta hacia la propia persona y el trastorno en lo contrario ilustrados a través de los tres intervalos atravesados por el sadismo/masoquismo y el ver/exhibirse inherentes a lo pulsional. El tempo de actividad perteneciente a la primera de las ilustraciones se corresponde con ejercer dolor a otro tenido por objeto (he aquí el cariz sádico); su contraparte, el tempo pasivo, requiere indagar en pos de un otro que haga las veces de sujeto confinando a quien lo fuera anteriormente al lugar de objeto (vena masoquista); siendo el infringirse (transición hacia la propia persona) dolor a consecuencia de la resignación del objeto la “vocalización” media entre ambas. Análoga forma de presentación cabe para la pulsión de ver y exhibirse siempre que se haga la salvedad, siguiendo la letra del texto, de una etapa consignada en los haberes del narcisismo con la cual se inaugura.

En virtud de lo desarrollado anteriormente la primera de las acepciones que ofician de eje vertebrador a estas páginas reside en considerar al fantasma en términos de una frase donde al sujeto no cesan de sucederle cosas en posición de objeto. Luego de haber dado con ella, quien lea, puede solicitar la argumentación del caso. Pues bien, hasta donde lo acreditan mis condiciones de lectura sospecho que una argumentación precisa es aportada por Locuras[2] dado que allí Lucía Mauro en compañía de la escribiente, abocada al envío de invitaciones para una locura de dos, de manera rigurosa destaca el sesgo errático del matema del fantasma que conspira a favor de olvidar el sitio reservado tanto al sujeto como al objeto en la tentativa de la pulsión por dar con lo fálico en los objetos.

Al día de hoy las ya afamadas selfies proliferan por la ciudad. El ojo parece haber abandonado la distancia que antaño se recorría con prisa nerviosa para lograr una escena cuerpo a cuerpo luego de confiar a la intimidad del tiempo un momento compartido. El ojo hoy depende de la rotación voluntaria de la cámara, indicación mínima y automática al deslizar un dedo sobre la pantalla touch, inserta en un dispositivo móvil ordinario como el celular sostenido por una y la única mano del que lo utiliza. Indefectiblemente dicha modalidad aporta su nuevo toque al narcisismo permitiendo escuchar su tono provocador “yo ¿y?”[3], por qué no decirlo, ese toque es falso, impostado. ¿Hay tacto sin otro? La pregunta propicia la apertura de la segunda instancia de nuestro afán argumental. En el mismo el lector tendrá ante sí lo que puede tachar de anticuado, me importa poco, sepa. Prefiero hablar de ella acudiendo de tanto en tanto a la tinta esparcida por Roland Barthes en su estudio sobre la fotografía.

10 x15, 13 x 18, o Polaroid standard he ahí una estimación posible de su talla. Ella se rehúsa continua y tenazmente a la proposición indecorosa de intimar con el acting out no dándose a ver cuando se la mira. Siempre ajena y externa al objeto ¿acaso venga de ahí su porte seductor? “Ve, vea, ve esto ha sido”, ese es su cogito, su marca de insurrección. Carga consigo un algo o alguien que la jalonea pidiéndole que lo mencione segundos antes que la yema del dedo del operador se ligue con el disparador de la cámara que ha de producir el impacto del flash. Una vez ocurrido el accidente su interés olvida el procedimiento para interesarse por la pose con la cual anota irreversiblemente su presencia.

Roland Barthes por Roland Barthes (Barthes, 2018) – se nos permite una de las operaciones elementales que arroja un sustituto como el caso del síntoma – torna estremecedor el paso de la insuficiencia a la anticipación en Lacan en una frase cuya significación declina sin apelación posible: eres eso.  ¿El diario es una foto? El movimiento de la foto es una exigua presentificación de la muerte, un sujeto en devenir objeto dice RB o yo visto como otro, una suerte de embajada donde acude una vez más el muerto. Por su parte escribir a propósito de sí ha de tenerse por una pretensión simple que rima con barajar un idea suicida.

 La mirada es una herida, no hay paranoico que no lo diga. Una puntuación con la que se extirpa la función natural del ojo. No obstante el autor antes mencionado, quien se desentiende de la acumulación general de conocimiento ponderando su inquietud, no desmiente su nostalgia. Persigue restarle densidad a su imagen la cual no coincide con la dicción de la primera persona del singular. ¿Qué imagen es esta que conjura Roland Barthes?

Veamos, “La imagen sustraída” es el título que lleva una publicación conjunta cuya puesta en libro data de fines de 2018, al artículo firmado por Juan Ritvo delego el espacio para responder. El mismo se detiene en las vastas estrías opacas intrínsecas a lo que sucede ante y con el espejo sabiendo contar en su espalda con un aliento bíblico ostensible. Triunfar respecto del espejo es la huella de una victoria conquistada por aquel se puede leer. La percepción elaborada al compás marcado por el pliegue y despliegue del telón dérmico que recubre la cavidad visual que sigue a la ceja en la cartografía del rostro reverencia la hegemonía del doblez. Así, una imagen ha de ser en el decir del autor “(…) el reflejo de un cuerpo, el retorno de algo a alguien que le devuelve a ese alguien una dimensión enigmática de sí.”[4] (Ritvo.2018: 122) siendo punto de anclaje tanto para el costado embustero del parpadeo como así también para la autorreferencia imposible a la vez que necesaria al tomar a su cargo la plaza que correspondía a lo especular. 

 Acaso valga recordar tras lo dicho que poner de relieve la no coincidencia entre el yo y la imagen fue el cometido de Freud al internarse por el fárrago de Narciso en 1914 cuando decía del libreto parcial de las pulsiones que echa de menos una acción psíquica sin precedentes a partir de la cual tenga sus comienzos el yo. ¿Venimos de una foto? ¿El fantasma se somete a su economía? Hay en ella una insistencia pertinaz de reiterar el blanco con que la existencia desaira a la repetición. Consecuentemente exige a quien se pare a ser visto desde ella un trabajo luctuoso constatado por ese “casi es…” deslizado meticulosamente en la instantánea donde según Proust el reencuentro de un ser es tanto más turbulento que pensar en él.

Digresión: la última vez que junto a otros, algunos sólo suyos y otros también míos, convine en ver a mi abuela fue hace diez años casi, aquella vez me faltó el trabajo del sueño. Diez años casi y cada vez que tengo oportunidad en un rincón de la casa de su hija me quedo unos minutos ante esa repisa donde todavía está en una foto ¿qué pasa ahí? Se me aflige un poco la voz, seguro se da cuenta pero lo deja pasar, le pregunto cómo está y unos segundos más tarde le hago llegar un te extraño – queda entre nosotros el motivo – para después continuar caminando hacia donde iba o de donde venía.

La noche comienza a apagarse, tiempo es de tomar la última curva perteneciente al tendido asfaltico que deja tras sí este escrito, entiéndase, el fantasma en su relación con la realidad. Solicito se consienta la remisión a la primera clase de la versión establecida del seminario Fantasía: metapsicología y clínica (Haimovich, E; Kreszes, D., 2011)a cargo de Edgardo Haimovich quien afirma que en la fantasía no se trata del “maridaje” entre dos términos diametralmente opuestos aun cuando detentan discontinuidad en su ligazón pues la misma se desvanece al someterla al régimen topológico de la banda de Moebius despojando tanto a uno como a otra de la frontera desde la cual delimitar su jurisdicción, por consiguiente, el enunciado según el cual la realidad es materia diversa respecto del fantasma pierde sustento. Antes bien el fantasma hace las veces de mediador para con la diferencia sexual entre los seres[5]. Procurar el ingreso del texto establecido correspondiente a un seminario dictado por Omar Amorós durante 2015 titulado El cuerpo del analista no supone infringir un abrupto salto en la escala tonal ejecutada hasta el momento. El cuerpo del analista es considerado como superficie de inscripción posibilitada por una inhibición primaria del goce sexual cuyo expediente es un resto en el cuerpo del Otro no reintegrado al sujeto en la identificación que viabiliza la vertiente instrumental del cuerpo. El analista tal como es concebido en aquellas reuniones ha de ubicarse en una posición durante el tratamiento que comprenda el espectro que va del desecho al resto, estación la del resto que espera su arribo una vez concluido el análisis. En tales circunstancias aquel a cargo de quien se encuentra el dictado del seminario se pronuncia en lo concerniente al tema que aquí nos convoca diciendo que en el fantasma no se trata sino de la realidad dado que no habría manera de tratarla prescindiendo de ese modo de estar en la vida que es esa práctica denominada fantasma. El lector puede restregarse los ojos, entre el cansancio propinado por la lectura y la comprensión elusiva, y preguntarse ¿a qué debe una frase, tal como se ha barajado con antelación, la condición de práctica? Pues bien desde lo postulado por el psicoanalista antes aludido y prestando acuerdo a su postulación, si al convocar al tratamiento que conlleva un análisis esa frase en la que a un sujeto le ocurren cosas de manera incesante en posición de objeto, se trata no ya de la realidad sino con la realidad, tal frase abarca el sin fin de maneras en que alguien se desempeña en las escenas laborales o amatorias. Quizás a esto debamos la sentencia articulada por Pablo Zöpke en Delirio según la cual la pareja del fantasma halla en la tinta procedente de la libido una razón con la cual escribirse. Si el lector no ha brindado una recepción cargada de hostilidad a la respuesta elucubrada más arriba ha de tener por lícito el suponer que se erija una renovada inquietud merodeando los lindes de la “realidad” solicitando se dedique alguna razón de esta. Atender a la petición realizada requiere sin más conducir nuestros pasos hacia el compendio de clases dictadas por Juan Ritvo denominadas Una lectura de más allá del principio de placer en su paso a la edición. Reparemos en el fascículo ubicado en tercer lugar donde el dictante sitúa como horizonte del desarrollo la temporalidad del aparato psíquico apuntando a ella mediante la distinción entre principio de realidad y realidad “a secas”. Por consiguiente señala “El principio de realidad es un principio y no es la realidad.

Además la realidad, nadie sabe cuál es. Cuando alguien empieza a hablar de la realidad es peligrosísimo ¡hay que asustarse!” (Ritvo.2017: 68), me licencio aquí a una conjetura. Quizás sea menester ejercer una suposición de alguien cuyos enunciados digan a la tan mentada y controversial realidad al igual que – en consonancia con lo expuesto por J. Ritvo[6] – el Otro supuesto que en el fantasma goza del sujeto en posición de objeto a la vez que le confiere cierta consistencia a la endeblez del ser.

Arrumbado, a la vera del texto, casi desapercibido y ufanándose de esa posición ha permanecido el recuerdo. Si bien no es el incitador oficial de la escritura en esta ocasión no ha de entenderse viciada la dedicatoria de unas líneas.

La vida cotidiana es en 1901 una referencia ineludible para la psicopatología. Freud en el cuarto de los apartados  se afana en desentrañar los rasgos distintivos del recuerdo encubridor cotejándolo con el olvido de nombres. La indagación toca su nota inaugural cuando observa desde la primera carilla que el recordar está signado por la animosidad. Apenas segundos más tarde se percata de un desfasaje de insistencia no menor entre el patrimonio mnémico de una persona respecto de la edad infantil donde en apariencia se han afianzado imperturbables aquellos episodios de interés laxo mientras que con el avance inexorable de la edad sucesos de intensidad probada no han calado lo suficientemente hondo en la memoria. Tal discernimiento le permite denominar encubridores a aquellos recuerdos cuya potestad ejerce la infancia cuyo carácter es eminentemente visual que por un nexo con lo reprimido se yerguen como sustitutos de otro recuerdo de mayor valía. No obstante Freud (2007a) dirá de los mismos “(…) no poseemos la huella mnémica real y efectiva, sino una elaboración posterior de ella, una elaboración que acaso experimentó los influjos de múltiples poderes psíquicos posteriores.” A caso aquel joven de cuna italiana, hijo bastardo,  conocido por una notoria curiosidad extendida hacia los múltiples estratos de la vida, arrancado del seno familiar en el amanecer de la edad siendo objeto de cuidado de dos madres para luego conquistar el patrocinio de un duque pueda decirnos algo sobre el recuerdo, sí el suyo. El Leonardo de Freud en su despunte ve al redactor asumir un recaudo según el cual al examinar la vida anímica no pretende menoscabar la vida privada o el prestigio alcanzado por su obra con el paso de los años. Dicha declaración elicita la interpelación relativa a considerar a “Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci” entre los escritos freudianos de raigambre estética pues como lo establece Carlos Kuri (2007) en Estética de lo pulsional la “separación de bienes” consecutiva al divorcio entre vida y obra es la arteria de irrigación más profusa para el cuerpo en estética. Habiéndonos sumergido por segunda vez en las agitadas aguas de la conjetura hemos de retornar a la letra del texto de 1910.

 Al hombre de arte y ciencia se le imputa cuando no la displicencia para con sus labores artísticas sí la letanía en su dedicación. Dicha actitud es colegida por Freud como la expresión manifiesta de las corrientes contrapuestas que aúnan sus esfuerzos en la vida anímica de Leonardo  sabiendo procurarse de la sexualidad su máximo “testaferro”, entiéndase, cuando en un primer momento las intenciones pictóricas se valían de la destreza investigativa para sus fines con posterioridad las primeras se vieron eclipsadas por la segunda de modo irrevocable. Circunstancias las descriptas que recibirán de la austeridad como signo distintivo en la vida sexual del personaje en cuestión, pues la misma había sido confinada al pensamiento operando una trasposición del matiz pasional – presente aunque en extremo “rebajado” – en pulsión de saber, la cooperación que culminará por avalar esa proclividad respecto de la sublimación deslindada por el autor hacia el ocaso del texto. Habiendo realizado tales puntualizaciones preciso se hace retornar al recuerdo en devenir fantasía relatado por Leonardo acontecido durante su infancia. El contenido estriba en que yaciendo en su cuna el pequeño Da Vinci siente la visita de un buitre que ingresa en su boca abriéndose paso con sucesivos golpes. De verter el contenido del recuerdo recabado en una formación gramatical análoga a la del segundo tiempo de la representación – fantasía que hemos abordado en primera instancia, podría leerse <<Soy pegado por la cola de un buitre en la boca>>. Cedamos el espacio necesario a la exposición de objeciones a la hora de concederle la condición de recuerdo y su consecuente declinación en fantasía llevada a cabo por el psicoanalista vienés permitiéndonos el ejercicio en la cita como sigue:

Es, pues, un recuerdo de infancia, extrañísimo por cierto. Extraño por su contenido y por la época de la vida en que se lo sitúa. Acaso no sea imposible que un hombre conserve un recuerdo de su período de lactancia, pero en modo alguno se lo puede considerar certificado. Pero lo que este recuerdo de Leonardo asevera, que un buitre abrió la boca del niño con su cola, suena tan inverosímil, tan a cuento de hadas, que se recomienda a nuestro juicio otra concepción con la cual acaban de un golpe ambas dificultades. Aquella escena con el buitre no ha de ser un recuerdo de Leonardo, sino una fantasía que él formó más tarde y trasladó a su infancia. (Freud.2010: 77).

Resulta suficiente emprender un giro de izquierda a derecha tendiente a cambiar de carilla para hallar al comienzo la segunda objeción concordante con lo relevado anteriormente de Psicopatología de la vida cotidiana, veamos:

Los recuerdos infantiles de los seres humanos no suelen tener otro origen; en general no son fijados por una vivencia y repetidos desde ella, como los recuerdos concientes de la madurez, sino que son recolectados, y así alterados, falseados, puestos al servicio de tendencias más tardías, en una época posterior, cuando la infancia ya pasó, de suerte que no es posible diferenciarlos con rigor de unas fantasías. (Freud.2010: 78).

De acuerdo, si el recuerdo es en primera instancia un sustituto y una elaboración diferida respecto de lo acontecido que carga con un blanco de inscripción, un blanco de huella ¿dónde damos con el paradero de esta construcción tardía? Pues bien, subyace en el segundo de los apartados una serie que comprendería los siguientes términos: buitre – madre – divinidad egipcia Mut – desinencia de Mutter – cola de buitre – pene materno. Cabe aclarar que  la puesta en serie  de los elementos extrae su asidero de los supuestos conocimientos acopiados por nuestro personaje derivado de sus intereses científicos. Será un párrafo a media altura de la página 84 donde entiendo la construcción halla su versión acabada, queda citar:

Ahora podemos representarnos de la siguiente manera la génesis de la fantasía de Leonardo sobre el buitre. Cierta vez que en un Padre de la Iglesia o en un libro de ciencias naturales leyó que los buitres eran todos hembras y podían reproducirse sin el concurso de machos, emergió en él un recuerdo que se transfiguró en aquella fantasía, con este significado: que él mismo era un hijo de buitre, pues tenía madre, pero no padre; y a esto se le unió, de la manera en que sólo impresiones tan antiguas son capaces de exteriorizar, un eco del goce que le había sido deparado en el pecho materno. (Freud.2010: 84).

Digno es destacar que aún contando con la consolidación de la construcción no queda exenta  de ser cuestionada insistentemente a raíz de la insuficiencia evidenciada en el material biográfico del susodicho al cual era factible acceder. Quizás se deba a esta desavenencia insalvable entre los datos compendiados provenientes de la vida de alguien y la historia de la libido la retirada ineluctable que ha de emprender toda tentativa de develamiento de la primera por la segunda haciendo ingresar en jaque el carácter verificable de lo relatado.

Bibliografía

Amorós, O. (2017). El cuerpo del analista. Rosario: Otro cauce

Barthes, R.

  • (2017). La cámara lúcida. Buenos Aires: Paidós
  • (2018). Roland Barthes por Roland Barthes. Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora.

Caligaris, C. (1987). Hipótesis sobre el fantasma en la clínica psicoanalítica. Buenos Aires: Nueva visión.

Freud, S.:

  • (2007a). “Psicopatología de la vida cotidiana”. Obras Completas. Tomo VI. Buenos Aires: Amorrortu editores
  • (2010). “Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci”. Obras Completas. Tomo XI. Buenos Aires: Amorrortu editores
  • (2007b). “Pegan a un niño”. Obras Completas. Tomo XVII. Buenos Aires: Amorrortu editores

Haimovich, E; Kreszes, D. (2011). Fantasía. Metapsicología y clínica. Rosario: Homosapiens.

Kuri, C. (2007). Estética de lo pulsional. Lazo y exclusión entre psicoanálisis y arte. Santa Fe: Universidad Nacional del Litoral

Lacan, J. (2012). El seminario. Libro 10. La angustia. Buenos Aires: Paidós

Mauro, L. (2015). Locuras. 7 invitaciones delirantes para una folie á deux con la escribiente. Rosario: Laborde editor

Ritvo, J:

  • (2018). “Parpadeos”. En La imagen sustraída. Rosario: Nube negra; Otro cauce.
  • (2017). Una lectura de más allá del principio de placer. Rosario: Otro cauce

Zöpke, P. (2009). “Delirio”. En El diván en psicoanálisis. Rosario: UNR editora

Recepción, mayo 2020

Aceptación, julio 2020


[1] Las disquisiciones entre fantasía y fantasma han sido el tema con el cual se sostuviera un seminario durante el primer cuatrimestre de 2018 a cargo de E. Haimovich e invitados, espacio del cual recibo e intento responder las interpelaciones.

[2] Véase. Mauro. (2017) Locuras. Cap. “Sin abstinencia del analista: una locura de encuadre. Palabras impuestas al analizante”

[3] La expresión parte de la traducción del nombre de las fotografías actuales en ingles al castellano introduciendo en la misma a cuenta y riesgo de quien escribe la acidez de los signos de pregunta.

[4] Los diferentes modos de destacar en la cita se encuentran presentes en el original.

[5] Véase “Fantasía. Metapsicología y clínica”. Cap. 1

[6] Diríjase el lector a la nota añadida por el autor en pp. 79-80 de acuerdo a las indicaciones realizadas en la versión establecida de Una lectura de más allá del principio de placer según las referencias vertidas en el apartado dedicado a la bibliografía.

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